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domingo, 26 de abril de 2026

En mitad del océano

La soledad latente está guardada aquí y abro tan solo para que respire de tanto en tanto un verso antiguo y se oxigene, para escribir dos líneas con retorno de carro como si fueran inicio de un poema y guardarlas en borrador.

A veces son fotografías de instantes, que sé que olvidaré si no me los recuerda el algoritmo, ordenando por caras, por lugares o meses, o por fondos. Pasa un día y otro día y se borra el monólogo interior, y se borran ideas pasajeras, sí, intrascendentes, sí,pero propias. Me gusta encontrarme aquí con la que fui en otro tiempo, porque el tiempo pasa despacio, pero pasa. Y siempre hay cambios. En una fotografía me reconozco siempre, pero en palabras, me sorprendo muchas veces, me resultan ajenas. A veces, van por unos vericuetos que ni yo misma sé para dónde van.

La soledad asoma como una posibilidad. Asoma poco. Se muestra como resquicio, no para escapar de las malas compañías, sino para liberar a otros de compañías que no son buenas, de mi compañía. No me gusta, escribir solo para ponerme radical. Me saca una sonrisa, ver líneas de antaño. Cicatrices, destrozos, desolación, reconstrucciones. Narrar lo personal como un continuo cataclismo, tal como está el mundo, es banalizar, exagerar tanto que no merece la pena ni escribirlo. Eso me ha mantenido lejos de mi rincón de soledad. Me he visto con una madurez distinta de hace veinte años. Más de veinte años, cuando el día a día lo escribía tan tremendo, cada día. La hipérbole como reina de las cónicas.

La adolescencia es un momento donde se viven lo cotidiano de las manera más punzante. Donde a veces se descubren las verdades, y esos tira y afloja, esos revoltijos de identidad personal afianzándose, de hormonas, de sentido exacerbado de la justicia, nos hacen personalizar, apuntar a un enemigo que pueda tener cara, que pueda tener voz y, si es posible, contra quien volcar nuestra desazón. Un ogro.

Quizá yo me haya convertido en ese ogro. Siempre se es para alguien, en la escuela, siendo la profesora de Matemáticas, pero a veces una puede ser también el ogro en casa. El origen del padecer de este adolescente que se nos viene. El personaje que más duele encarnar. No estoy preparada, para nada, por mi propia fragilidad.

Pero allá vamos, habrá que deconstruir este demonio que empiezo a ser para este y otros adolescentes, quizá. Habrá que aprender a ser mejores, a acompañar mejor. Ni idea de cómo se hace, mostrando más amor, seguro, con más diálogo, con más palabras, y dejando espacios para que el otro crezca. Me da un vértigo terrible.

Supongo que es esa la razón por la que publico, esta vez sí, mis palabras otra vez, como mensaje en la botella, en el naufragio. Asomarse a la soledad, pensar el malestar dos o hasta tres veces, como hacen los poetas, ya me fue de ayuda en otro tiempo. Quedó la soledad vagando sola en mitad de océanos solitarios. Ni mañana ni pasado encontraré una voz que me diga nada, porque acabó el tiempo de esa comunidad de bitácoras que era como una red de radioaficionados. 

No encontraré ninguna voz que me diga ¡nada! Pero aprovecho para encontrar mi voz propia otro día, que se pierde entre tantos ecos, para poner en orden mis pensamientos, para ponerme en orden e ir librándome, aunque sea en un océano desierto, de mis pequeñas zozobras. O para poner mi piel al arrullo del sol, otra vez. Volver a la soledad, al menos a esta, siempre me hace bien. Y lanzo mi mensaje, por si acaso.


miércoles, 8 de enero de 2020

Baja visibilidad

Al otro lado del cristal
-al otro lado del metacrilato-
con la luz encendida,
la ciudad espera.

Se asoma a la ventana
envuelta en vapores
misteriosos
que tiñen su aliento de amarillo
de matices blancos,
de anaranjado.

Su textura recuerda
a las nebulosas,
a galaxias lejanas.

La luz de gas agota sus colores
dibujando erupciones
de volcanes antiguos
capaces de extinguir los dinosaurios,
capaces de engendrar nuevas especies.

El piloto anuncia -gracias por su paciencia-
una espera importante:
veinticinco minutos.
Transcurren lentamente.
Hacemos círculos en aproximación.
Sobrevolamos el lugar en el que
-el piloto lo sabe-
se encuentra el aeropuerto.

Me fascina el abismo
de lo invisible a nuestros pies.
No es terror, es belleza.
No sé por qué creo que nos espera
la ciudad, no la muerte.

Acabado el tiempo, el piloto encara
la niebla de frente. Y tomamos
-con los ojos vendados- tierra.
Es tierra -tuve razón- que nos sostiene,
no tierra que nos sepulta.


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Según la leyenda negra, aviones low cost como los de Ryanair llevan el combustible justo para llegar, nunca para esperar pista en un aeropuerto. El viernes yo viajé en un claro contraejemplo. La calma no la dio el karma, tampoco, sino la tripulación, con información clara y veraz sobre lo que estaba pasando. ¡Gracias!

lunes, 29 de abril de 2019

Poética de ayer y de mañana

Miro atrás y sonrío como una anciana
escuchando a los adolescentes increparse
a santo de nada, a la puerta del colegio.

Las palabras cortantes, rotundas, afiladas
llegan como hijas de leche, amamantadas
por el busto de la exageración.

La brusquedad y el juego me divierten.
Me sonrojan. Pero a veces
en el ritmo, en la cadencia
o en la vecindad de las palabras
de un poema de entonces, de hace tanto,
tropiezo de repente con la resolución
mejorada de una inquietud de hoy.

No es que se disipen las dudas
es que se ven más claras las incertidumbres.

El olvido ha hecho su trabajo.
El recuerdo también, transformando
los juncos de aquel tiempo
en estos cestos de hoy.

La vida continúa su rumbo impredecible
la soledad no acaba de quebrar
aunque triunfe la compañía.

Tenía bien marcadas líneas rojas.
Principios sine qua non, qué sé yo.
Disfruto ahora, dichosa,
las mieles de la contradicción.
Es posible decirse desdiciéndose
Afirmarse negándose rotundamente.

Incluso hay veces - menos de las que quisiera -
En que veo que tengo razón, pero me callo.

Timón bien engrasado, rumbo al sur.
A lo desconocido, al órdago, a toda vela.
Al sur por el camino del norte.
A crecer, a vivir, a ser flexibles
cada vez más, y con menos daño.

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martes, 12 de febrero de 2019

Ya no tengo miedo

Tu corazón resiste como un barro
plagado de memoria.

En mi insomnio persisten
estelas de asteroides que -a propósito-
no
sigo con la mirada.

Son cantos de sirena
que no debo escuchar.
¡Ulises, a tu mástil!

Tus criaturas nocturnas
son dulces, son tranquilas,
son tiernas, son hermosas.

Tu bestiario y el mío
en nada se parecen.

¡Viva la diferencia!

Ya no tengo
un bestiario completo
de criaturas nocturnas.
He vencido al insomnio.

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A propósito de La mirada del cóndor, de Mario Lourtau. Versos llaman a versos. Estos los escribía casi dormida.
Estos días me incita a escribir también David Liquen, a petición propia.  Quiero escribir, me gusta. Y me resisto a que quiebre del todo La soledad, ésta.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Versos recortados

Terminamos el año a falta de unas letr
los recortes, también, se traducen en est 
Para el año que viene recortarán vocales 
de palbras centrles sin imprtncia alguna 
lascomaslosespaciossilenciosysuspiros 
las palabras de amor, los besos, las miradas 
y será la poesía una desconocida 
escrita sin papel y sin tinta y sin ganas... 
un mísero silencio de puntos suspensivos...
...
...
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A raíz de un juego de palabras de David, sobre los últimos poemas últimos que escribiremos

martes, 30 de noviembre de 2010

nieva

nieva por dentro.
y cada vez que respiro
se clava una estrella puntiaguda
cerca de mi esternón.

no nieva lo bastante.
el aire contaminado de cristales
de promesas ultracongeladas,
de su oxígeno,
alimenta todavía.

pero no deja de nevar.
y aunque sólo sea porque están fríos
sé dónde están los dedos y que existen.
también sé que se mueven.
que se quieren mover.
que piden, no sé bien para qué,
otra vez, la palabra.

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Me da pie David Liquen con su no-poema nieva. (David tiene un blog, pero no es de poesía) Le copio el título descaradamente.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Notas antes / después de un viaje

Hoy he visto el contorno
de la Mujer Muerta
y la puesta de sol
desde el punto más alto.
Libélulas azules
celebraban el agua
y un enebro ha partido
un bloque de granito.

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He pensado el silencio
como un buen compañero
para estas vacaciones.
Que acompañe, eso sí
tan solo algunos tramos.

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Las palabras hervidas
danzaban en mi lengua
y he podido decirlas
sin límite de tiempo.

Hay quien las ha escuchado.
-mis palabras, digo-
y según yo las iba
colocando en su plato
han resultado duras
o demasiado hechas
insípidas a veces
y otras, en su punto.

He caído en la cuenta
de que no es tan sencillo
vertebrar lo que ocurre,
descubrir el motivo,
hilvanar poco a poco
la voz y la respuesta.

No es tan simple mirar
dentro de una mirada
y entender el vacío
o el dolor que produce
el silencio que brota
de unos labios que hablan.

Y es que no es tarea fácil
formular el deseo
o escribir el poema
o descifrar la clave
para afinar el tono
de la vida que sopla
entre todas las cuerdas.

No es fácil pero sopla,
eso sí que lo sé
y sé que en su canción
caben también mis letras.

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La soledad y yo cerramos por vacaciones. Ella no sé dónde irá. Yo me voy con otra gente a Trebisonda. En el poema que tengo en la punta de la lengua hace semanas, el que leí de niña y no recuerdo, la ciudad se llamaba así, Trebisonda. También de niña memoricé, y esto sí lo recuerdo, que llamamosmesopotamia(paísentreríos)alterritoriocomprendidoentrelosríosÉufratesyTigris... debía andar yo por los 11 años y no entendía una palabra. Nada más lejos de mi cabeza que pensar que alguna vez iría, aunque sea a la cuenca alta, porque a la baja no se puede ir. La cuna de la civilización. El lugar donde se inventó la escritura. Miraré cada vez un río y sabré que sería un dejarse llevar por la corriente, un dejarse llevar imposible porque costaría la vida en estos tiempos. En fin.
Llegaré también a mirar de tú a tú el Ararat. Por su perfil precioso y por el mito de Noé en la cima, con el arca encallada... Tampoco iremos más allá que Noé. Tampoco llegaremos tan alto. Aunque el diluvio mayor caerá, anunciado, sobre Hasankeyf, y llegaremos tarde para poder guardar en la retina memoria del lugar antes de que lo cubra un embalse...

Y por supuesto, Asia a un lado, al otro Europa y allá, a su frente, Estambul.

Volvemos en septiembre, la soledad y yo.

domingo, 13 de junio de 2010

Dios (su vida laboral)

Si vino alguna vez,
vivió aquí sin permiso,
no obtuvo residencia,
estuvo sin papeles.

Si encontró algún trabajo,
aunque fuera creativo,
contrato de seis días
y después a la calle.

Sin indemnización.
Deportado al Edén.

A Dios ya no lo busques
que ya se ha retirado
montó negocio propio
en su propio jardín.

También a él le sobraron
obreros en el Cielo.
También él los echó
de muy mala manera.

Pregúntale a Luzbel,
el que está en el Retiro.
Invítale a unas cañas
tírale de la lengua.

Él te contará historias
si es que tú tienes tiempo
de unas negociaciones
que no acabaron bien.

De batallas perdidas
de revueltas sangrientas
de expulsión, de derrota
si las quieres saber.

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Da para currárselo un poquito, la vida laboral de Dios. Me dio pie José Zúñiga con su entrada Dios y yo. Escribí todo seguido, pero lo noto en borrador. Como la reforma laboral, aún. Y no tengo tiempo para más...

domingo, 11 de octubre de 2009

La misma habitación, con otros muebles

He ido a ver a los Celtas Cortos, o debería decir los Celtas Cortísimos, porque el concierto terminó precipitadamente. Tantos chicos, tan jóvenes, saltando en el escenario sin parar tuvieron la culpa. Ellos o un escenario montado con una estructura endeble. Ellos o los tipos más fornidos de la organización, que no aguantaron más de dos canciones apuntalándolo para que no se desmoronase debajo de los músicos.

Algo así le escribía el 13 de septiembre (o alrededores) del 92. La primera de un grueso fajo de cartas en todos esos años. De aquellas que dijo que arrojaría al fuego. Las he imaginado muchas veces, escritas buscando las palabras, porque me gustaba escribir, consumidas sin llama en las ascuas de la chimenea, levantando pavesas negras.

Guardé la entrada un tiempo, porque dijeron que volverían, los Celtas. Que nos compensarían por aquel fiasco. Y yo la guardé donde guardaba el primer billete de avión, aquellas cosas. No recuerdo bien dónde. En mi cuarto. Escrituras e hipoteca de por medio, mi habitación de entonces vuelve a ser ahora mi habitación, pero con otros muebles. Después de tanta mudanza de la entrada de los Celtas, del billete de avión, de aquellas cosas ya no supe más. Y ellos se consumieron como auténticos celtas cortos, como mis cartas, dejando al principio el humo y el olor, luego ya nada.

No supe que Cifuentes había dejado el grupo ni que había vuelto después, ni que siguen tocando. No tararée ni un estribillo en diecisiete años, hasta ayer. Ayer yo no iba al concierto de los Celtas. Fue una carambola. Nos costó encontrar el lugar y ya habían empezado hacía más de veinte minutos. Empezar a escucharlos no fue repetir el 13 de septiembre del 92, fue continuar el concierto. Superar el paréntesis y encontrar lo que me mueve adelante, atrás y hacia los lados. Dice Kaos que no suenan igual ahora, dice que Cifuentes desafina. Ha perdido la voz que tenía entonces, dice. Se han perdido mis cartas también. También yo tengo un timbre cazallero. Pero sigo con mis sueños. Y esta vez los voy a soñar hasta el final.

domingo, 4 de octubre de 2009

Lo siento, pero no nos queda fruta

Para A, en su cumpleaños

Después de agitarla bruscamente
introduces la mano en la bolsa de piel
y extraes primero la nariz, luego los ojos
los labios, los nudillos, un pulmón

y no hay un gesto de dolor
ni un grito por mi parte.

Me desgranas por piezas
los dientes, las uñas, el fémur derecho
me esparces por la mesa y roes las esquinas,
pieza a pieza, me piensas como un bodegón
pero pronto no encajaré en el cesto

pronto se revuelve la piel contra los dientes
pronto ruedan los huesos y se van anudando con las tripas.
Te sorprende que no pidan permiso
te sorprende porque fuiste tú
quien les dio forma,
quien royó las piezas
quien dispuso cada una en un lugar.

Ahora, tú quieto
deja que me retuerza
déjame escribir mis propias cicatrices

ni una queja, te digo
ni un gesto de pavor
ni un grito por tu parte

no te equivoques al tomar el pincel
aunque me descompongas a tu antojo
no soy, no he sido, no seré
una naturaleza muerta.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

En honor a la verdad, escribo a lápiz

Apuntaba los detalles cotidianos
algunos eran mínimos,
algunos eran tópicos

escribía las mismas flores
de la misma maceta
a horas distintas en el día

en el autobús

anotaba el ritmo de los intermitentes
y también la mezcla del sudor con el humo del tráfico
el caucho quemado, y antes de los giros bruscos otra vez
el ritmo de los intermitentes
el ritmo de los intermitentes.

Gracias por su visita,
todo lo reflejaba en la servilleta.
Gracias por elegir Ryanair,
todo detrás de la tarjeta de embarque.
Me encantó el regalo, gracias,
todo en la Moleskine.

Con la noche llegan esos gestos

apurar el vaso de vacío a sorbos largos
empuñar las notas en la mano izquierda
encender la lámpara en la mesilla de noche

y esos gestos

dibujan la certeza
de pasar otro día sin vivir en primera persona,
singular o plural, vivir en voz activa
pero no deja de ser una victoria
constatar que, al menos, he tomado apuntes.

martes, 5 de mayo de 2009

Somos unos privilegiados

yo también fui al monte, aunque encontré una senda desde la que no se veía ni un cable de la luz ni una carretera. y sólo se escuchaban pájaros. pájaros y el aliento de tres (íbamos tres) subiendo. pájaros y el cencerro de un burro que nos seguía. pájaros porque no sé sus nombres, porque no los distingo. pájaros y el rumor del río. bajamos al río que tenía unas piedras grandes, lisas, suaves. alguna se bañó, sin reparos por el agua helada. cada cual buscó su piedra y nos tumbamos. nos dormimos o no, no sé decirte. pasaron tantas cosas por delante de mis ojos. dice, la que llevaba reloj, que fueron diez minutos, como mucho…

garganta de los infiernos, ruta desde el centro de interpretación de Jerte. marcada en azul. no perdáis las marcas, que es fácil perderse, nos dijeron. pero no nos perdimos.

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Leí la entrada Arriba de Chucho y en vez de dejarle un comentario, le conté una ruta por el Jerte, del sábado pasado. Una belleza.

martes, 21 de abril de 2009

Hábitos de trabajo

Los niños tenían sólo cinco años. Afilaban los lapiceros y ponían las virutas en un cucurucho de papel. Le cerraban la boca y lo guardaban en el cajón. Sacaban la goma de borrar. Dibujaban el dinosaurio. Empapelaban después las mesas con periódicos y sujetaban el dibujo encima con papel celofán. Se ataban unos a otros los mandiles. Se arremangaban hasta los codos. El maestro ponía agua en todos los vasos de plástico. Entonces, y sólo entonces, sacaban los pinceles perfectamente limpios y abrían las témperas. En aquel tiempo, los niños de cinco años todavía pintaban con témperas.

Yo miraba aquel dinosaurio, porque yo sé bien que es un dinosaurio, y recordaba las palabras del maestro: Sentarse a pintar es como sentarse a comer. Lo primero: poner bien la mesa. Nadie come sin colocar el mantel, luego los platos, los vasos, los cubiertos, el agua, el pan, las servilletas.

Miré aquel dinosaurio descolorido y entonces, sólo entonces, me di cuenta de que llevo meses comiendo cada día sin sentarme a comer.

viernes, 13 de febrero de 2009

Re: El amor, ¿otra forma de afasia?

afasia.

(Del gr. ἀφασία, imposibilidad de hablar).

1. f. Med. Pérdida o trastorno de la capacidad del habla debida a una lesión en las áreas del lenguaje de la corteza cerebral.




debió ser el silencio total de dos amantes. ya me caben cada vez menos dudas. se acabaron los sonidos guturales, los golpes de esternón para lucir palmito, se acabó devorarse con los ojos pero aún quedaba más. inventaron, esa es mi hipótesis, para seguir bebiéndose, las palabras. desde entonces es imposible pronunciarlas, algunas veces.

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En respuesta a Roberto, por este poema. Hay versos que me dejan sin palabras. Los de Roberto, sin embargo, me suelen despertar las ganas de escribir. Fue justo después de escuchar a Manuel Rivas en un café literario, también he de decir. No os lo perdáis si tenéis ocasión de escucharlo. Además de gran escritor, gran contador de historias. Ganas dan de escucharlas, de saberlas, de inventarlas, de escribirlas.

martes, 10 de febrero de 2009

Los cordones de los zapatos

Qué fácil fue decir
no sabía lo que hacía
debió perder la cabeza,
Dios lo perdone.

Qué fácil fue creer
que fue un capricho
que fue la maldición
de un gen atravesado.

Pero no fue tan fácil
en la celda amarilla
encontrar la salida sin ventana.

Lo hicieron posible
la tubería del gas,
el taburete
y los cordones
de los zapatos.
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Ejercicio del taller: Un poema exprés con los cordones de los zapatos

jueves, 8 de mayo de 2008

La posibilidad de una isla


Soñar con un islote en el océano, eso lo hacemos todos. Existe la posibilidad de una isla. Eso lo dicen Houellebecq y muchos más, pero no son mayoría los que se lo creen. Pocos extienden los mapas. Alguno zarpa, raro es el caso del que está atento y lo divisa en el horizonte. Pero quien después de soñarlo, admitir que sea posible, extender el mapa, calcular la ruta, ponerse en marcha, estar atento, quien es capaz de dejar el barco y nadar a la orilla sin haber perdido el juicio... ¡ah! ése sabe disfrutarlo.

A veces se encuentra una isla por accidente. Quien la descubre así y se sabe privilegiado, por regla general, dejó pasar un islote o lo buscó. Cuando menos, supo soñarlo.


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Me dais pie a pensar o a escribir cuando leo vuestros textos. Eso me gusta. Igual no se entienden muy bien las cuatro líneas sin el original que les dio pie. Esta vez fue uno de Chucho

miércoles, 30 de abril de 2008

Mi juego

Me suelen tocar buenas cartas, pero no juego bien al mus. Juego a la sorpresa, al despiste. Al comienzo de la partida miro interrogante a mi compañero. Dice sólo: tu juego. A partir de ahí, tomo las riendas yo.

En principio, por sistema, juego a lo contrario. Si tengo blanco, digo que tengo negro. Envido a grande cuando no llevo ni perete. Pero con cuatro reyes me muestro apática: dejo pasar la grande y digo que hice pares como si fueran dos pitos. Es una estrategia simple. Juego al revés. Todos aprenden pronto a qué atenerse. Según avanza la partida, mi táctica empieza a ser aleatoria. Puedo pedir cartas, decir que estoy servida, pasar, jugármela a órdago teniendo con qué o sin tener. Juego sin estrategia alguna.

El caos desconcierta a los rivales. También a mi compañero. Yo no hago ni una seña. Casi nunca ganamos.

Mi compañero es buen jugador y no le gusta perder. También es buen amigo. Me recuerda algunas bazas impecables, dice que voy mejorando sin perder la frescura, que pronto vamos a pelar bien a esos pollos. Los pollos se ríen a carcajadas a dos metros de nosotros por los puntos que cobraron regalados las veces que corté mus sin llevar. Yo bebo mi cerveza ajena a todo. Muestro un interés súbito y ficticio por la tele, aunque el partido esté en el descanso. Intento poner letra al soniquete de las tragaperras con la mirada perdida.

Si tengo que elegir entre ganar y perder, prefiero ganar. Pero no juego a ganar. Juego al despiste. Y hoy, otra vez, los he despistado. Estoy convencida de que es por eso que ellos le encuentran aliciente a la partida del miércoles, porque logro sorprenderlos. Me siento satisfecha de mi actuación, pero no lo muestro por no delatarme. He sido una caricatura perfecta de la jugadora de mus.

Sospecho que no entienden mi juego, y que se hacen una imagen distorsionada de mí, pero no me pregunto cuál. Esa pregunta sería cruel y, al fin y al cabo, esto sólo es un juego.