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jueves, 2 de enero de 2020

Mujer que baila al viento


Mit der Reife wird man immer jünger.
Con la madurez se rejuvenece.
Hermann Hesse


Aún le quedan cajas por abrir.
Se van acumulando las mudanzas
y ya no sabe el anterior destino
de libros, de legajos y otras piezas
de este puzzle incompleto.

Sale "a pagar" esta liquidación:
récord de soledad y de cansancio.
La huella de carbono
 -tatuada en el planeta- 
yace en su piel también
como una cicatriz.
Ha envejecido cinco años en uno.

Cruzó fronteras.
Y al cruzar supo siempre
en cuál de los dos lados
del puesto fronterizo está el hogar.
Tomó decisiones, perdió el aliento.
Reacia a la pelea, alzó los puños.
Se defendió con los dientes
de la razón,
y con los del estómago,
con los del hígado,
con todos los dientes,
incluso con los dientes de la boca.


Las convicciones absolutas, firmes,
se desprendieron de su solapa. Eran
flores ajadas que, al marchitarse,
dieron su fruto. Borraron líneas
rojas. Pulverizaron desconfianzas.
Sembraron el sosiego e hicieron
brotar una cintura en su talle.
La cintura se cimbreaba en la tempestad.
En su casa ahora no se dice temporal.
Se dice baile. Se dice swing.

Ha encontrado, deshaciendo una caja
un libro de Guelbenzu que no es suyo.
Guelbenzu, aquel autor que -cruz y raya-
jamás, no, nunca jamás en la vida iba a leer.
Deja aletear un rato el pensamiento,
bailando sobre esa línea roja, y aparecen,
del mismo dueño y en la misma caja
Mendoza y Benedetti, con títulos que aún
no había leído. Y los toma prestados.
Y se salva.



viernes, 15 de octubre de 2010

Luna de verano

Yo he venido aquí a pedir la luna.
Llena, descomunal, anaranjada
sobre la orilla de dos continentes.
La luna, por favor.

Vengo a hacer memoria del trípode
temblando en la cornisa
memoria de ti que capturabas
incluso la llamada que se oía
desde cada alminar de la ciudad.

Vengo a renegar del destino.
Vengo a maldecir la herida
por si esta vez no deja cicatriz.

No encuentro en las palabras inquietud.
Revuelvo en la memoria de la piel
y no guarda registro de tus huellas.

La luna y el insomnio
las miradas en ruinas
el vacío que queda en el estómago
y las islas doradas, las murallas oscuras
son jornadas de un viaje de verano.

Son lugares donde no volveré
que habitan ya el recuerdo con ternura.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Notas antes / después de un viaje

Hoy he visto el contorno
de la Mujer Muerta
y la puesta de sol
desde el punto más alto.
Libélulas azules
celebraban el agua
y un enebro ha partido
un bloque de granito.

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He pensado el silencio
como un buen compañero
para estas vacaciones.
Que acompañe, eso sí
tan solo algunos tramos.

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Las palabras hervidas
danzaban en mi lengua
y he podido decirlas
sin límite de tiempo.

Hay quien las ha escuchado.
-mis palabras, digo-
y según yo las iba
colocando en su plato
han resultado duras
o demasiado hechas
insípidas a veces
y otras, en su punto.

He caído en la cuenta
de que no es tan sencillo
vertebrar lo que ocurre,
descubrir el motivo,
hilvanar poco a poco
la voz y la respuesta.

No es tan simple mirar
dentro de una mirada
y entender el vacío
o el dolor que produce
el silencio que brota
de unos labios que hablan.

Y es que no es tarea fácil
formular el deseo
o escribir el poema
o descifrar la clave
para afinar el tono
de la vida que sopla
entre todas las cuerdas.

No es fácil pero sopla,
eso sí que lo sé
y sé que en su canción
caben también mis letras.

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La soledad y yo cerramos por vacaciones. Ella no sé dónde irá. Yo me voy con otra gente a Trebisonda. En el poema que tengo en la punta de la lengua hace semanas, el que leí de niña y no recuerdo, la ciudad se llamaba así, Trebisonda. También de niña memoricé, y esto sí lo recuerdo, que llamamosmesopotamia(paísentreríos)alterritoriocomprendidoentrelosríosÉufratesyTigris... debía andar yo por los 11 años y no entendía una palabra. Nada más lejos de mi cabeza que pensar que alguna vez iría, aunque sea a la cuenca alta, porque a la baja no se puede ir. La cuna de la civilización. El lugar donde se inventó la escritura. Miraré cada vez un río y sabré que sería un dejarse llevar por la corriente, un dejarse llevar imposible porque costaría la vida en estos tiempos. En fin.
Llegaré también a mirar de tú a tú el Ararat. Por su perfil precioso y por el mito de Noé en la cima, con el arca encallada... Tampoco iremos más allá que Noé. Tampoco llegaremos tan alto. Aunque el diluvio mayor caerá, anunciado, sobre Hasankeyf, y llegaremos tarde para poder guardar en la retina memoria del lugar antes de que lo cubra un embalse...

Y por supuesto, Asia a un lado, al otro Europa y allá, a su frente, Estambul.

Volvemos en septiembre, la soledad y yo.

martes, 12 de enero de 2010

Granada tuvo que ser

Miran la nieve
los ojos de Zoraida.
El cielo en la ventana relampaguea
y la luna no asoma
en la noche negra.

El patio de la acequia
guarda escondida
una canción callada
que enturbia el día
el corazón
de Zoraida se mueve
y baila al son
que la acequia diga.

Y la canción
inunda a borbotones
la celosía.

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La canción de Granada no tiene letra, pero Granada canta por alegrías. Me mueve el son y la letra que pide la invento yo. Subiendo a la Alhambra o al Albaycín, subiendo al Sacromonte taconeaba, y tenía en la cabeza una canción. No sé si era esta o era parecida. La escribo sobre todo para tener constancia escrita del ritmo que ponía la ciudad cuesta abajo y cuesta arriba.

¿La cuna del flamenco? Granada tuvo que ser. El gitano, en Le chien andalou, se inventaba la letra. Qué más da la letra. Importa el compás. Los gitanos saben escucharle a Granada el compás. Habrá quien piense que el embrujo y el tempo los notaba yo porque leía a Lorca de madrugada, que se clavaba en el sueño, que me marcaba el ritmo del pensamiento. Porque las botas eran de tacón. Porque llovía. No digo yo que no. Puede ser. Pero nunca como en Granada me supo Lorca igual. Ahora entiendo. Y el flamenco, se quedaría mi abuelo de una pieza si viviera, el flamenco, aunque no entienda, me llega al alma. Será que tiene verdá.

jueves, 5 de marzo de 2009

Ikariotikos

Ikaria es una isla griega. En la que cayó Ícaro, al parecer, las alas derretidas. Sus costas son espectaculares, sus habitantes son alegres, les gusta bailar al aire libre. Se juntan cientos de ellos en la plaza, en agosto y bailan abrazados por la espalda. Jalean a los violinistas pidiendo guerra y los violines los desafían tocando más rápido de lo que se puede bailar. O eso creen. El baile es de pasos sencillos. No he estado en Ikaria (aún), pero lo aprendí hace un par de años. Algo tienen estas danzas ancestrales, que incluso al son de un CD en un parque cualquiera, te llevan un poco a las nubes, en cuanto hace un algo de sol. A veces me lo tomo sólo como una celebración. Otras pienso que estos pocos pasos son los primeros que me llevarán a Ikaria.

domingo, 10 de febrero de 2008

La cidade traduzida










Desconozco la ciudad desnuda porque la he encontrado traduzida. Plaza por plaza, calle por calle, canción por canción. Sonrío a las palabras, a los lugares, a las vistas sin equivalencias.
Y deseo volver.
En versión original.





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Agradecimientos:

Clara y Fran, también Pablo, han hecho posible que estas y muchas otras imágenes hayan pasado de mi cámara a otras pantallas vía servidor o CD. A los tres, gracias. Gracias también a Sera, que está pensando una solución "alternativa" para mi ordenador averiado. Y a Jorge, claro. Sin él nunca habría tenido un barebone.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Un viaje dormido


Sin protección extrema, sin mar y sin aviso, el sol templó mi hombro ayer a mediodía. Sin nostalgia ni avión, me llevó a Faro, con fachadas raídas y calles solas entre semana. Me devolvió el gusto a bacalhau de pizzería y aquellas infidelidades deliciosas. Me llevó a las vías junto al mar con las artes de pesca y los aviones a ras del agua.

También me llevó a Silves y me vistió (con apuros) de terciopelo azul. Me dio paje y caballero, y una flor anacrónica llegada del futuro. Escuché de nuevo cuentos que no comprendí. La conversión de euros a xilbs fue fácil, y me entendí bien con un pollo, aunque no me lo comí.

Un tumulto de músicas y luz me llevó a bailar, y me sentí pequeña alguna noche.



En Cabo San Vicente el viento quiso hacer volar sombreros y vestidos. Por alguna razón, no entiendo cuál, no le dejamos. El mar se quedó roto entre las rocas.

En Lagos hubo veletas imposibles. Me dolió aguantar la sonrisa. Me hizo daño en la cara. Recordé que no es cuestión de entrenamiento. Que los amigos hacen reír sin esfuerzo físico, aunque sea entre lágrimas. Ellos me lo recordaron.

Sin sol y sin zapatos, corrí hacia el mar arropada de noche y de estrellas, como una loca descalza.

Lo desgloso ahora aquí, pero pasó en tres segundos, cuando el sol besó mi hombro ayer. Mientras él, delicado, me bajaba el tirante y despertaba mi viaje le obsequié una de mis mejores sonrisas del verano. Mejor haberla visto.