Podría vivir perfectamente en el bolso de mi amiga Laura, me decía D hace poco, como alternativa al alquiler. Yo he alojado estos días a un soldado dentro de mi bolso. Soldado que huye es un poemario de Laura Casielles. Nos hablaba ella en la presentación del libro de la derrota y la huida como actitud, como decisión premeditada, antes de la batalla.
Esta tarde pensaba yo que mi soldado no podía perder el norte: en distinta cremallera, pero en el mismo bolso, puse un silbato la semana pasada. Un silbato profesional, afinado, con termómetro y brújula, que encontré en un bazar junto a la plaza de Canalejas.
Es increíble lo que cabe en el bolso de una mujer. Cabe un soldado, un silbato, una barra de labios, un cuaderno de espiral, bolígrafos, dos exámenes por corregir, un paquete de chicles. El pendrive lo olvidé en casa. El teléfono, en el bolsillo, y la agenda la encontré en la mano al querer meterla en el bolso.
Cuando una bola se atasca en un pinball, empiezan a saltar todos los resortes, automáticamente, para liberarla. Así, yo. Volví sobre mis pasos tres veces, abriendo puertas, levantando abrigos, mirando bajo las mesas. Buscándolo, uno, grande, verde. Una hora después asumí la evidencia: no estaba. Era tarde de reuniones, sin alumnos, y el bolso no estaba. No acepté en mi cabeza más posibilidad que la desintegración material del objeto. Supuse un atentado suicida del soldado que lo habría transformado en cráter. Pero anulé las tarjetas, por si acaso.
He hecho todo tipo de combinaciones en mi cabeza para acudir mañana a la comisaría, la caja de ahorros, el centro de salud, el estanco, la cerrajería. He esperado, sin embargo, por si el soldado encontraba el norte y volvía, silbato en mano, a casa por su propio pie. No me ha defraudado. Esta noche lo encontraron atrincherado detrás de un contenedor de reciclaje. Ya me han dado parte. La vuelta a casa tendrá un coste. Demasiado alto, para el presupuesto. En efectivo. Con todo, estamos satisfechos porque las tropas regresan a casa.
ASO
Hace 3 días


