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jueves, 6 de mayo de 2010

Los pecados de la carne

Uno. O dos.

En viernesanto comí carne. Ternera estofada, picando las verduritas muy finas y con mucho amor para mis huéspedes, 3 niños saturados de pescado la noche anterior. Se miraron entre sí y me preguntaron cómo se había matado a la vaca. No lo sé -yo no sabía-. Pero, ¿le cortan la cabeza entera? ¿le hacen sólo una raja en el cuello? En cualquier caso, seguro que no dicen la oración que hay que decir, concluyó el mayor. Seguro que los que trabajan en el matadero son españoles y no saben árabe, así que no pueden decir la oración...

Y no se la comieron.

Más.

Miré a la terraza del 4º, la que está dos plantas por encima de la mía, donde antes había un burdel que al final cerró, y vi ropa tendida. Nuevos vecinos, pensé. Pero ya me he resignado. La ropa tendida eran cuatro juegos de sábanas. Grandes. Otra vez.
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Rescatado del Planeta imaginario de Txe Peligro. Parece esto la operación rescate de las cajas de comentarios, esta vez en la entrada Matadero. Cuando abrí el blog, mi Cicerone particular tenía una lista inacabable al margen del suyo de blogs amigos. Le dije: no pienso visitarlos todos. Dime uno nada más. Y me dijo dos palabras: Txe Peligro. Le alabo el gusto. Y se lo agradezco, vaya. No dejéis de ir. Bien por la prosa y bien por el verso. Y esas especie de columnas que escribe.

domingo, 18 de abril de 2010

Paisaje cotidiano

Mi ciudad es fea, pero somos buena gente, dicen mis amigos. Cuando la mirada no es gris, distingue algunos detalles que merecen la pena. En mi misma calle hay un gorrión que se acerca a saltos a una boca de riego y bebe del agua limpia, por ejemplo (sospecho que no siempre es el mismo gorrión). También está la mejor palmera de la ciudad, que casi pasa desapercibida. Mi padre sigue su evolución desde que la plantaron y me la señaló desde el principio. Hay una cuesta que lleva al muelle de la galería comercial y tiene tantos usos como quepan en la imaginación. Y en la de los niños caben, han cabido muchos.

Hay un olmo que tiene al menos 60 años y sobrevivió a una poda con vocación de tala. Se metía en las ventanas de los vecinos y levantaba la acera con asiduidad. La concejalía de medioambiente tomó medidas. Cortaron el tronco a la altura del primero, sin dejar ni un vástago. Lo mirábamos todos los días, buscando brotes, aquella primavera. Y brotó, y está fuerte otra vez. No sé cómo, una ramita arraigó en una maceta de mi balcón, y tengo un olmo de tres o cuatro años, un olmo joven sin hendir por el rayo que habrá que plantar pronto en la tierra.

Aparte de lo bucólico, la geometría imposible de los coches aparcados es admirable. Los graffitis en la tapia del colegio por temporadas son muy buenos. En la terraza de Manolo hay corriente de aire todas las noches, aunque el bochorno sea mayúsculo. Este será el primer verano desde que Manolo cerró el bar. Espero que el nuevo dueño también ponga terraza.

Los vecinos me recogen los certificados y me preguntan por mi madre. Me regalan -en mi rellano vive un panadero- el pan. En la frutería estaban seguros de que la última receta de champiñones que me dieron había tenido éxito y no se equivocaban. Los champiñones son una apuesta segura. En la carpintería se disfrutan charlas sin prisas de cualquier tema sin comprar ni un tablero de contrachapado. En la papelería librería promocionan las Mangueras rojas y azules entre la gente del barrio, que se alegra de que escriba poemas y algunos estén en un libro, aunque los que se han vendido los he vendido en mano yo.

Mi calle evoca historias de árboles resucitados. De paseos con mi abuelo. Trastadas al hombre del kiosko. Juegos. Comprar el desayuno de camino a clase. Tarde, siempre tarde. Cartas esperadas. Besos, achuchones. El cristal que mi hermano rompió con la bota. Cenas con amigos. En fin, mil historias. Cien mil. Un millón.

Pero no me retracto. Es fea, Fuenlabrada. Yo vivo a gusto aquí, vivo aquí desde siempre, aquí trabajo, con gente de aquí, pero es fea. Es fea pero, en cierto modo, la quiero. Y ella también me quiere.
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Voy a hacer lo posible para que las Mangueras rojas y azules se presenten en Fuenlabrada. Pensé primero en alguna librería entrañable de Madrid, y el espacio en el que voy a intentar es mucho más aséptico, pero esta es mi casa. Si no puede ser, será en Getafe. Ciudad del sur parecida a la mía. Y casi con seguridad, sobre el 11 ó 12 de mayo. A ver si puede ser.

Ayer leímos Pilar y yo (entre Pilares) en un centro cultural de Villaverde
un poema cada una. Ella hizo un 2x1=2 y yo un 1x1=1. No nos tembló la voz. Primera vez que leo un poema en público. Hicimos de teloneras para un recital de Julia de Burgos, perpetrado por la Discreta Academia. Una maravilla, lo de Julia de Burgos. Si tenéis oportunidad de escuchar el recital, no lo dudéis. Los tengo que ver con José María Alfaya, que no pudo estar esta vez.

lunes, 5 de abril de 2010

Tu mujer es floja

Tu mujer es floja.
Tan sólo cuatro hijos
y no aguanta.

No puede con su cuerpo
no puede con tu cuerpo
no puede con tu casa.

Es tonta
porque no fue al colegio
porque no sabe el idioma
en el que nadie le habla.

Está loca
porque ha tomado un taxi
para ir lejos
de los atracadores
de la estación de autobuses.

Está loca
porque ha tomado el taxi
cargada de bultos
y de un niño de once meses
después de quince horas de viaje
cuando nadie la esperaba.

Lo dices tú, tu hijo la defiende
yo digo que es valiente y decidida,
lo digo y lo argumento,
pero una letanía golpea mi cabeza
son seis palabras sólo
y tú un hijo de puta
y tú un hijo de puta
y tú un hijo de puta.
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Lo tenía que escribir, y este es el único lugar donde no se va a perder.

domingo, 11 de octubre de 2009

La misma habitación, con otros muebles

He ido a ver a los Celtas Cortos, o debería decir los Celtas Cortísimos, porque el concierto terminó precipitadamente. Tantos chicos, tan jóvenes, saltando en el escenario sin parar tuvieron la culpa. Ellos o un escenario montado con una estructura endeble. Ellos o los tipos más fornidos de la organización, que no aguantaron más de dos canciones apuntalándolo para que no se desmoronase debajo de los músicos.

Algo así le escribía el 13 de septiembre (o alrededores) del 92. La primera de un grueso fajo de cartas en todos esos años. De aquellas que dijo que arrojaría al fuego. Las he imaginado muchas veces, escritas buscando las palabras, porque me gustaba escribir, consumidas sin llama en las ascuas de la chimenea, levantando pavesas negras.

Guardé la entrada un tiempo, porque dijeron que volverían, los Celtas. Que nos compensarían por aquel fiasco. Y yo la guardé donde guardaba el primer billete de avión, aquellas cosas. No recuerdo bien dónde. En mi cuarto. Escrituras e hipoteca de por medio, mi habitación de entonces vuelve a ser ahora mi habitación, pero con otros muebles. Después de tanta mudanza de la entrada de los Celtas, del billete de avión, de aquellas cosas ya no supe más. Y ellos se consumieron como auténticos celtas cortos, como mis cartas, dejando al principio el humo y el olor, luego ya nada.

No supe que Cifuentes había dejado el grupo ni que había vuelto después, ni que siguen tocando. No tararée ni un estribillo en diecisiete años, hasta ayer. Ayer yo no iba al concierto de los Celtas. Fue una carambola. Nos costó encontrar el lugar y ya habían empezado hacía más de veinte minutos. Empezar a escucharlos no fue repetir el 13 de septiembre del 92, fue continuar el concierto. Superar el paréntesis y encontrar lo que me mueve adelante, atrás y hacia los lados. Dice Kaos que no suenan igual ahora, dice que Cifuentes desafina. Ha perdido la voz que tenía entonces, dice. Se han perdido mis cartas también. También yo tengo un timbre cazallero. Pero sigo con mis sueños. Y esta vez los voy a soñar hasta el final.

lunes, 16 de marzo de 2009

Definitivamente, no era el día para enredar en la plantilla. Bajando La Maliciosa, ayer me caí un número indeterminado de veces. Indeterminado, pero de dos cifras, creo. Hoy he roto dos platos, un vaso y una jarra, eso y un paquete de pasta. Los tiburones han invadido mi cocina. No era el día de enredar, pero he enredado.
Durante un tiempo, la soledad ha dejado de existir (el blog); al poco, he conseguido resucitarla, y ha vuelto la misma soledad, pero más sola. Sin enlaces. Espero recuperarlos.

viernes, 27 de febrero de 2009

martes, 27 de enero de 2009

Derrama

Ya ha pagado el del cuarto, el proxeneta
como en cada derrama
religiosamente.
No quiere ser una carga
para la Comunidad. Cumple
con sus deberes de vecino
ya le enseñó Capone que en los negocios sucios
no hay peor horizonte que el juzgado.

Las putas, invisibles, no se oyen
pero sé que están, por los clientes
que se equivocan y llaman a mi casa
alguna vez. Este año, y eso me preocupa,
no encendieron en Navidad las luces.
No llegó el aire fresco del descaro
no llegaron las risas esta vez.

Los vecinos respetables, trabajados
se mudaron hace años con sus prótesis
de cadera, con sus meniscos rotos,
artrosis y reumas.

Les compramos los pisos por más de lo que valen,
por más de lo que valen compraron ellos otros
con ascensor. Una herencia, una hipoteca,
los ahorros, si es que a alguno le daba para ahorrar
pagaron la distancia entre las cifras.

Así que no conozco a los vecinos
y ya no sé si es que son las putas
las que me encuentro a veces, tan calladas
o es que son otras inquilinas
extrañas para mí, mirada triste,
que no saben tampoco nuestro idioma.

Es de noche
y el secretario de la Comunidad
llama a mi puerta
blandiendo un talonario de recibos.
No ha habido reunión, y yo no pago
-piénsalo bien, que cortarán el agua-
por no discutir más cierro la puerta

y lavo todo de forma compulsiva
los platos y los suelos, la colada.
Riego los tiestos y hago tiempo
para tender los trapos en el patio.
De madrugada, desde su ventana
ellas tienden también.

Si nos cortan el agua viviré con mis padres,
volveré a casa un tiempo. Y me sonrío.

Mi sonrisa la empaña
la imagen de la casa de las putas
sin el agua corriente. Sin salida.