A veces son fotografías de instantes, que sé que olvidaré si no me los recuerda el algoritmo, ordenando por caras, por lugares o meses, o por fondos. Pasa un día y otro día y se borra el monólogo interior, y se borran ideas pasajeras, sí, intrascendentes, sí,pero propias. Me gusta encontrarme aquí con la que fui en otro tiempo, porque el tiempo pasa despacio, pero pasa. Y siempre hay cambios. En una fotografía me reconozco siempre, pero en palabras, me sorprendo muchas veces, me resultan ajenas. A veces, van por unos vericuetos que ni yo misma sé para dónde van.
La soledad asoma como una posibilidad. Asoma poco. Se muestra como resquicio, no para escapar de las malas compañías, sino para liberar a otros de compañías que no son buenas, de mi compañía. No me gusta, escribir solo para ponerme radical. Me saca una sonrisa, ver líneas de antaño. Cicatrices, destrozos, desolación, reconstrucciones. Narrar lo personal como un continuo cataclismo, tal como está el mundo, es banalizar, exagerar tanto que no merece la pena ni escribirlo. Eso me ha mantenido lejos de mi rincón de soledad. Me he visto con una madurez distinta de hace veinte años. Más de veinte años, cuando el día a día lo escribía tan tremendo, cada día. La hipérbole como reina de las cónicas.
La adolescencia es un momento donde se viven lo cotidiano de las manera más punzante. Donde a veces se descubren las verdades, y esos tira y afloja, esos revoltijos de identidad personal afianzándose, de hormonas, de sentido exacerbado de la justicia, nos hacen personalizar, apuntar a un enemigo que pueda tener cara, que pueda tener voz y, si es posible, contra quien volcar nuestra desazón. Un ogro.
Quizá yo me haya convertido en ese ogro. Siempre se es para alguien, en la escuela, siendo la profesora de Matemáticas, pero a veces una puede ser también el ogro en casa. El origen del padecer de este adolescente que se nos viene. El personaje que más duele encarnar. No estoy preparada, para nada, por mi propia fragilidad.
Pero allá vamos, habrá que deconstruir este demonio que empiezo a ser para este y otros adolescentes, quizá. Habrá que aprender a ser mejores, a acompañar mejor. Ni idea de cómo se hace, mostrando más amor, seguro, con más diálogo, con más palabras, y dejando espacios para que el otro crezca. Me da un vértigo terrible.
Supongo que es esa la razón por la que publico, esta vez sí, mis palabras otra vez, como mensaje en la botella, en el naufragio. Asomarse a la soledad, pensar el malestar dos o hasta tres veces, como hacen los poetas, ya me fue de ayuda en otro tiempo. Quedó la soledad vagando sola en mitad de océanos solitarios. Ni mañana ni pasado encontraré una voz que me diga nada, porque acabó el tiempo de esa comunidad de bitácoras que era como una red de radioaficionados.
No encontraré ninguna voz que me diga ¡nada! Pero aprovecho para encontrar mi voz propia otro día, que se pierde entre tantos ecos, para poner en orden mis pensamientos, para ponerme en orden e ir librándome, aunque sea en un océano desierto, de mis pequeñas zozobras. O para poner mi piel al arrullo del sol, otra vez. Volver a la soledad, al menos a esta, siempre me hace bien. Y lanzo mi mensaje, por si acaso.