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miércoles, 8 de enero de 2020

Baja visibilidad

Al otro lado del cristal
-al otro lado del metacrilato-
con la luz encendida,
la ciudad espera.

Se asoma a la ventana
envuelta en vapores
misteriosos
que tiñen su aliento de amarillo
de matices blancos,
de anaranjado.

Su textura recuerda
a las nebulosas,
a galaxias lejanas.

La luz de gas agota sus colores
dibujando erupciones
de volcanes antiguos
capaces de extinguir los dinosaurios,
capaces de engendrar nuevas especies.

El piloto anuncia -gracias por su paciencia-
una espera importante:
veinticinco minutos.
Transcurren lentamente.
Hacemos círculos en aproximación.
Sobrevolamos el lugar en el que
-el piloto lo sabe-
se encuentra el aeropuerto.

Me fascina el abismo
de lo invisible a nuestros pies.
No es terror, es belleza.
No sé por qué creo que nos espera
la ciudad, no la muerte.

Acabado el tiempo, el piloto encara
la niebla de frente. Y tomamos
-con los ojos vendados- tierra.
Es tierra -tuve razón- que nos sostiene,
no tierra que nos sepulta.


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Según la leyenda negra, aviones low cost como los de Ryanair llevan el combustible justo para llegar, nunca para esperar pista en un aeropuerto. El viernes yo viajé en un claro contraejemplo. La calma no la dio el karma, tampoco, sino la tripulación, con información clara y veraz sobre lo que estaba pasando. ¡Gracias!

martes, 6 de octubre de 2009

La falta de costumbre

El cansancio y los gritos en falsete
no rompen la garganta ni la voz
no se escuchan, porque son de trapo
porque son los gritos que no dimos
los gritos que no di
los que me gustaría haber dado

Ahora sé a quién gritar
sé hacia dónde
y grito contra pero no me nace
grito a, grito hacia y no se oye
y paro, porque fatiga la voz y la cabeza
andarse gritando para nada

saber que no convence
saber que no juega el grito su papel.

Ya termina el tiempo de gritar
y ahora empieza el tiempo de decir
yo tomaría la palabra, si me dejan
pero ahora, ahora sí,
se me quiebran la voz y la garganta.

martes, 5 de mayo de 2009

Somos unos privilegiados

yo también fui al monte, aunque encontré una senda desde la que no se veía ni un cable de la luz ni una carretera. y sólo se escuchaban pájaros. pájaros y el aliento de tres (íbamos tres) subiendo. pájaros y el cencerro de un burro que nos seguía. pájaros porque no sé sus nombres, porque no los distingo. pájaros y el rumor del río. bajamos al río que tenía unas piedras grandes, lisas, suaves. alguna se bañó, sin reparos por el agua helada. cada cual buscó su piedra y nos tumbamos. nos dormimos o no, no sé decirte. pasaron tantas cosas por delante de mis ojos. dice, la que llevaba reloj, que fueron diez minutos, como mucho…

garganta de los infiernos, ruta desde el centro de interpretación de Jerte. marcada en azul. no perdáis las marcas, que es fácil perderse, nos dijeron. pero no nos perdimos.

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Leí la entrada Arriba de Chucho y en vez de dejarle un comentario, le conté una ruta por el Jerte, del sábado pasado. Una belleza.

martes, 3 de febrero de 2009

Naufragio


Hemos salvado la vida,
como un pájaro
de la trampa del cazador;
la trampa se rompió
y escapamos.

Salmo 123







Ocho años y un día
-recuerdo bien la fecha-
zozobrando. Saltaste
de barco en barco de papel,
luego al vacío. Grabé el momento
en la memoria sin pulsar ningún botón.

Ocho años -quizá más- que se abren
tus ojos, pero no miran, que pronuncias
quince, cincuenta, cien palabras
a una hora fijada cada día
ni opinión, ni queja ni argumento,
palabras huecas. Nada más.

Saltaste buscando el horizonte, dices.
Buscando. La vida es, pero tú
te la imaginas. Lo prefieres así.

Hay aves -dices- que sólo pueden
vivir entre barrotes
que sólo encerradas cantan.
Y lo dices con las alas rotas
en la jaula, riendo a carcajadas
tus risas de cartón.

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Los naufragios me rodean, por todas partes.

martes, 25 de noviembre de 2008

Mujer de poca fe

Miro a mi alrededor y no lo abarco.
No recuerdo el camino
Ni dónde estoy, ni cómo se llegaba
ni recuerdo aquel día
aquella vez que no sé si dijiste
no sé qué dos, no sé qué tres
palabras.

No me acuerdo de ti.
No sé si estabas.

Poco me importa.

Aún llevo aquella camiseta de tirantes
y el sol tibio en el hombro
y aún me sabe a tierra el agua,
da igual en qué camino me la beba.

No sé adónde, pero sé que voy
con el cansancio grande al caminar
los párpados pesados y la sonrisa ancha.

Me da igual en qué termina la andadura
termine antes o después soy miope.
Me cansé de mirar lejos
sin ver.

Enciendo sólo ya la luz de cruce.
Un hombre y una mujer se encuentran.
Mi fe se despereza
en una micronésima de segundo
y creo que se ven.

Acto seguido, la fe bosteza largamente.
Lejos de mí, regresa a su letargo.

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La sonrisa ancha es como la de Amanda, en la canción de Víctor Jara, pero la mujer no es Amanda. (Editado)

lunes, 11 de febrero de 2008

Subversión mod.A103. Instrucciones

Dibuje una ventana al hormigón. Anude las sábanas
y baje. Salga usted de su cárcel. De su secta.
Entregue su oferta vinculante y su carné,
cancele su hipoteca, rompa sus votos, desconecte
la alarma del despertador. Pierda el móvil
en una alcantarilla. Incumpla su palabra y los plazos.

No firme aquí.

Sobran cadenas y rejas. Se siente usted más libre
y es mejor. Resulta así un esclavo más sumiso.