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miércoles, 6 de noviembre de 2019

¡Bienvenidos!


El primer día, yo opté por cerrar todos los accesos al jardín y legislé que el derecho a salir al habría que ganárselo. Estaba aún con la tercera cláusula para determinar en qué condiciones podrían disfrutar del jardín cuando algún adulto presente, ajeno a mi lucha, les abrió la puerta sin más.

Los niños destrozaron cuanto encontraron de hermoso. Las plantas que habían sembrado, el huerto donde empezaban a subir las judías y a fortalecerse las calabazas. El cohete espacial que armamos con la caja de cartón del termo, pintando a mano el planeta sandía y el planeta berenjena, entre otros, fue desgarrado, amontonado en un rincón y convertido en váter. El tronco de la palmera centenaria, concienzudamente frotado con un cuaderno que habían regado de modo que salían, entre virutas del tronco, lo mismo logaritmos neperianos que la lista de invitados.

Uno de los niños, muy amigo de la naturaleza y defensor de los animales, se subía insistentemente sobre el naranjo enfermo y zarandeaba una rama fuerte, algo más flexible, que por suerte y por la vigilancia e intervención constante de mi marido y mía no cedió. Pero al ponerlo frente a mí para explicarle -otra vez- lo que podía ser y lo que no, su madre se acercó y le ofreció un refresco con gas y un huevo de chocolate.

En la Place Pietri, donde cenamos uno de los días, se acercaron a una mesa donde dos chicas tomaban un té. Una vez. Dos veces. Tres veces. Les tocaban las tazas. No sé si les derramaron el té. El dueño les ofrecía meterse dentro. Las chicas se fueron. Después de acercarme a pedir disculpas y llamarles la atención a los niños, expliqué la situación en nuestra mesa. El padre de uno, sentado de espaldas a la plaza, comentaba: ¡Qué piel tan fina tienen algunas personas!

Los días pasaron entre la perplejidad, la alerta constante, el asombro y el enfado absoluto. En los juegos de los niños mi marido es el monstruo. Yo, la mala. Una de las niñas lloraba, porque le tocaba hacer de presa siempre que jugaban a leones.

Nuestro hijo tiene miedo de tomarnos de la mano. También, de limpiar con nosotros el jardín o ver los desperfectos. No se acuerda de nada de alguno de los últimos días. Es más huraño y más arisco.
No queremos encasillarnos en nuestros papeles, pero aunque suele ser un niño tranquilo, es claro que conoce el bien, pero se inclina por el mal, si hay oportunidad.

Supongo que necesitamos seguir firmes, intentando hacer a la vez que dejen de vernos como la mala y el monstruo. Quizá no estaría de más llamar a un jardinero o a un exorcista.

miércoles, 12 de junio de 2019

desertar


Desertor, compañero
yo sólo quiero desertar contigo.

No sé conjugar sola el verbo éste
no sé si digo bien que yo desierto
no sé si me corriges o desiertas
no sé si se conjuga en voz activa
y solamente en noches singulares
en el instante que precede al trueno.

Yo sé soñar
pero miro adelante algunas veces
y sólo veo un surco baldío.
un camino sin huellas.
ciudades que no tienen quien las nombre
solas y desoladas

Y es que algunas noches, yo, desierto.
desierto y nada más.
y esas noches recorre mi espinazo
un frío que alimenta
la posibilidad de que se cumplan
uno por uno todos nuestros miedos.

Estamos casi fuera de peligro
-me agarro firmemente de tu mano-
si desertamos juntos.
aún no han compartido tiempo y modo
tu pánico y el mío.

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Versos antiguos. No sé por qué los escribí, pero me los he encontrado en borrador. Los subo para encontrarlos. Porque me interpelan, de otra manera, seguro, también ahora.


lunes, 29 de abril de 2019

Poética de ayer y de mañana

Miro atrás y sonrío como una anciana
escuchando a los adolescentes increparse
a santo de nada, a la puerta del colegio.

Las palabras cortantes, rotundas, afiladas
llegan como hijas de leche, amamantadas
por el busto de la exageración.

La brusquedad y el juego me divierten.
Me sonrojan. Pero a veces
en el ritmo, en la cadencia
o en la vecindad de las palabras
de un poema de entonces, de hace tanto,
tropiezo de repente con la resolución
mejorada de una inquietud de hoy.

No es que se disipen las dudas
es que se ven más claras las incertidumbres.

El olvido ha hecho su trabajo.
El recuerdo también, transformando
los juncos de aquel tiempo
en estos cestos de hoy.

La vida continúa su rumbo impredecible
la soledad no acaba de quebrar
aunque triunfe la compañía.

Tenía bien marcadas líneas rojas.
Principios sine qua non, qué sé yo.
Disfruto ahora, dichosa,
las mieles de la contradicción.
Es posible decirse desdiciéndose
Afirmarse negándose rotundamente.

Incluso hay veces - menos de las que quisiera -
En que veo que tengo razón, pero me callo.

Timón bien engrasado, rumbo al sur.
A lo desconocido, al órdago, a toda vela.
Al sur por el camino del norte.
A crecer, a vivir, a ser flexibles
cada vez más, y con menos daño.

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miércoles, 12 de febrero de 2014

Qué ganas de escribir

Poeta, hace algún tiempo,  de batalla,
De verbo cotidiano y de extrarradio,
Métrica irregular, alma desnuda,
Ávida de alumbrar los interiores
Harta de dibujar oscuridades
Poeta, en fin, del siglo XXI,
Poeta, en fin, ya ven, de tres al cuarto,
No me siento
A concebir un verso dos minutos.
No me siento a escribir.  Lo que les digo.

La musa anda aquí, no se me apuren.
Habita la casa del vecino y canta dulcemente.
Llama a mi puerta a veces por la tarde.
También de madrugada, hay qué decir.
Distraída y hambrienta, sin consuelo.

El vecino, galante y ojeroso,
la mirada extraviada, la despide agotado.
La camisa de lino salpicada de tinta.
El rostro macilento.
La musa es insaciable.

A veces la recibo.  Suspira en el zaguán.
Le sirvo una sopa caliente y me retiro.
No quiero entorpecer con mi presencia
El silencio suyo. Y ahí está, sorbiendo.
Sola con su cuchara. Susurrando.
No quisiera  -me digo- robar el aire fresco que no es mío
Y dejar que me cante algún cuento infantil.
Un bosquejo de estrellas azules y planetas. 
Un bodegón de moros revueltos con cristianos.
El retrato sereno de un hombre que vacila.

O el de una mujer fuerte de nuestro tiempo.
Un bombardeo.  Una luz.  Una sombra. Una risa.
Una naturaleza muerta. El privilegio
De una naturaleza viva.

La musa es del vecino, me repito.
En el buzón de él está su nombre.
La ha invocado él  y no hay derecho
Que me asista a escucharla también yo.
Al artista lo suyo. A nadie más.
Muy pronto me retiro al interior
Clasifico facturas y dispongo
Los tapones de cera en mis oídos.
Decoro, honor, prudencia y dignidad,
me impiden traducirles su canción.

La falta de tiempo o la desgana
de pedirle a los hombres en cubierta
Que me amarren al mástil para oírla
Que me ignoren los gritos y que impidan
Que me arrastre su fuerza poderosa
Me hacen vivir con los ojos alejados de ella.

Me siento incapaz de, en modo alguno,
Volver para quebrar la soledad.
Incapaz de nombrar esas palabras
Que existen pero callan.
Que no han dormido juntas en un verso.
Que son pero no son.

Sentirse incapaz de nada sirve.
A mí no me sirvió. Justificar ausencias
O retrasos. Disculparse sin fin..
Asumir la pereza y la nostalgia
Como si fueran una fatalidad
No sirven – no me sirven a mí –
De nada.

Quiero escribir por el gozo que produce
Jugar con las ideas, de manera
Que las palabras quedan ordenadas
Según  sus elementos: 
la vecindad, la luz que las circunda, 
la música, el acento, su color, 
la llamada que hacen a las otras palabras
la  lógica que empuja a una tras la otra,
el azar que las quiso en la misma canción,
el sentido que esbozan, el abismo que muestran
y la danza que baila, anárquica sin serlo,
la gramática libre de aqueste nuestro idioma. 

¿Qué ganas de escribir? Pregunto aquél.
Y otro mintió: Ganar, no gano nada.


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300 entradas en el blog...

domingo, 8 de septiembre de 2013

Desiderata

Que vuele tu mirada
a playas infinitas
como pájaro azul.

Y también, que se pose.
Que repose en el árbol.
Que se agarre a la tierra.

Que tus ojos encuentren
debajo de las piedras
las palabras dormidas.

Que se vayan trenzando
canciones que existían
pero nadie cantaba.

viernes, 1 de abril de 2011

Alter ego

Vengo notando que escapo de mi vida algunas tardes. Aún no lo perciben los demás, pero yo sí. A veces, basta que salga un poco el sol para querer tomarme vacaciones, aunque no duren más de unos minutos. Y vivo en mi cabeza como alguna de las mujeres que tengo la posibilidad de ser, pero no soy. Ellas tienen mi edad y de momento, habitan en mi cuerpo. No sé durante cuánto tiempo podré mantenerlas confinadas en él. Me alegra por las tardes fantasear mientras aprieto el paso por la calle y disimulo una sonrisa para que nadie se interese o me adivine. Soy consciente de algunos deseos realizables, me imagino montando en bicicleta en una isla dentro de dos semanas o inmersa en sesudas disquisiciones lingüísticas o un plan de doctorado algún invierno. No está bien visto soñar en estos tiempos o no nos lo podemos permitir, así que cuando duermo soy austera y sueño siempre con la realidad, pero cuando estoy despierta, la realidad va cobrando otros matices.

Me siento algo cansada algunas noches, después de buscar piso por el centro con escuela infantil para los niños que no tengo. Me conecto más a internet, ¿qué remedio? para tener la información que necesito e ir adaptando mi vida a la de ellas. Contemplo la posibilidad de pasear por uno de esos parques escondidos que no hay en mi ciudad, orientarme en el monte, leer cada domingo, enteros, los periódicos o empezar a fumar.

Resultará costoso convertirme en una de ellas. He desechado sus vidas muchas veces, porque no me he atrevido a soñar o porque otros sueños se han impuesto. Cuanto más dejo que atienda cada una a su afán, más se me antoja que se expresan de forma diferente a la mía. Que tienen otra voz, que son menos esbeltas que yo o algo más altas. Empiezan a tener otras edades, a hablar otras lenguas e incluso a veces, me arrebata la idea de tomar la palabra como un hombre que no conozco aún pero quisiera habitar por un tiempo.

Apagaría el ordenador de inmediato, pero la fantasía la querría prolongar. Imaginar ser tan otra, tan distinta, me resulta a veces un acicate para disfrutar la vida cotidiana, sobre todo estas tardes que digo que reservo para la fantasía. Entro en razón a veces y sospecho que tanto desdoblarse no puede ser inocuo. Debería darme a alguna actividad que me serene y que pueda gozar al mismo tiempo. Y pienso en escribir, en el placer que presumo inofensivo. Decido entonces tomar las palabras y ponerlas en el papel. Sólo con el bolígrafo en la mano y delante del folio en blanco desfilan ante mí todas esas mujeres que decía, algunos hombres que no conoceré y sombras en el fondo que todavía no han llegado a ser. Son personajes.

martes, 27 de julio de 2010

Volver

El cielo en su silencio rojo.

El molino amarrado, quieto

y la luna llena en el horizonte.


Hoy he vuelto a la tierra de mi padre

que es tu tierra.


He cavado en la tumba del tiempo.

No he encontrado ninguna calavera

ni un hueso que roer sollozando,

sólo la tierra limpia y nada más.

No hubo muertos. Quizá es que no los hubo.


Para que nunca más despierten

he mecido la cuna de los sueños,

de los malos sueños, suavemente

hasta topar por fin con la evidencia

de que estaba vacía.


Al tañido loco de las campanas

el pequeño rebaño que aún queda

-el cencerro colgando del cuello-

se ha perdido llegando a la entrada

de un templo secular.


He vuelto a la tierra de mi padre

que es la tierra de mi madre, que es mi tierra

y por primera vez en muchos años

he podido escrutar el silencio,
mirar atrás sin cerrar los ojos,
aceptar sin resignación
que el tiempo aquí pasa muy despacio
comprobando, eso sí, con cierto alivio,
que aunque pase despacio, sí que pasa.

lunes, 5 de abril de 2010

Tu mujer es floja

Tu mujer es floja.
Tan sólo cuatro hijos
y no aguanta.

No puede con su cuerpo
no puede con tu cuerpo
no puede con tu casa.

Es tonta
porque no fue al colegio
porque no sabe el idioma
en el que nadie le habla.

Está loca
porque ha tomado un taxi
para ir lejos
de los atracadores
de la estación de autobuses.

Está loca
porque ha tomado el taxi
cargada de bultos
y de un niño de once meses
después de quince horas de viaje
cuando nadie la esperaba.

Lo dices tú, tu hijo la defiende
yo digo que es valiente y decidida,
lo digo y lo argumento,
pero una letanía golpea mi cabeza
son seis palabras sólo
y tú un hijo de puta
y tú un hijo de puta
y tú un hijo de puta.
_________________________________________________________________________
Lo tenía que escribir, y este es el único lugar donde no se va a perder.

jueves, 15 de octubre de 2009

Problemas que hacen pensar

Fernando no es normal. Lo dicen mis compañeros por los pasillos. Lo dice su agenda, llena de notas para su madre. No aprovecha la clase, firma su profesora de inglés. Y es una pena, porque es de inteligencia viva. Como no para quieto, su tutor lo ha sentado en la primera fila, solo. Pero él se va a buscar una escoliosis de tanto volverse hacia sus compañeros. La profesora de lengua le ha mandado un cuadernillo de caligrafía como a los niños chicos, porque tiene muy mala letra. No tiene paciencia para escribir. Es de esos niños que no paran de jugar. Juega con todo lo que tiene a mano. Si no tiene nada, juega con el aire. Le encanta aprender, pero jugando, claro. Trae a clase acertijos. Problemas de lógica para que se los ponga a los de bachillerato, me dice. A ver si los sacan. Y le da la risa infantil y traviesa.

Me he propuesto este año aprender a dar clase a los más pequeños. Enseñarles a guardar algo de orden. Yo, que soy caótica, les elijo el color del bolígrafo para los títulos y les mando copiar los epígrafes y los recuadros amarillos. Pero Fernando no copia. Dice que los profesores mandamos copiar para que pase el tiempo de la clase. Lo dice con una franqueza que amortigua la insolencia en su argumentación. Me aporta algo que me expliquen una palabra, dice. Me aporta algo pensar un problema. Pero copiar no me aporta nada.

Fernando es bueno en casi todo. Pero tiene mala letra, como digo. Y no quiere escribir. Sabe resolver los ejercicios pero no toca el bolígrafo. Se aburre, dice, porque ya los sabe hacer. Lo castigo a quedarse después de clase hasta que termine dos problemas por lo menos, y me dice que llame a su madre, porque él hasta las seis no tiene prisa. Se rinde al final y los hace en un minuto justo antes de que cierren el pabellón. Y puedo salir del órdago con la cara alta.

Lo he castigado a no proponerme acertijos hasta que no copie los recuadros amarillos. Y no los copia, porque no le aporta nada, claro. Yo le propongo que se los aprenda y los copie con sus palabras. Eso le gusta más. Y se los aprende, porque me los explica con sus palabras, pero no los copia. Algo voy a tener que hacer para que escriba, porque no sé cuánto tiempo podré aguantarme la curiosidad. Dice que tiene un problema muy bueno. Le diré que lo quiero por escrito.

De momento, ya me tiene pensando. Porque mi objetivo con su grupo es aprender a dar clase a los más pequeños. Él me hace pensar sin proponérselo. Yo le tengo que hacer escribir. Es lo justo.

domingo, 11 de octubre de 2009

La misma habitación, con otros muebles

He ido a ver a los Celtas Cortos, o debería decir los Celtas Cortísimos, porque el concierto terminó precipitadamente. Tantos chicos, tan jóvenes, saltando en el escenario sin parar tuvieron la culpa. Ellos o un escenario montado con una estructura endeble. Ellos o los tipos más fornidos de la organización, que no aguantaron más de dos canciones apuntalándolo para que no se desmoronase debajo de los músicos.

Algo así le escribía el 13 de septiembre (o alrededores) del 92. La primera de un grueso fajo de cartas en todos esos años. De aquellas que dijo que arrojaría al fuego. Las he imaginado muchas veces, escritas buscando las palabras, porque me gustaba escribir, consumidas sin llama en las ascuas de la chimenea, levantando pavesas negras.

Guardé la entrada un tiempo, porque dijeron que volverían, los Celtas. Que nos compensarían por aquel fiasco. Y yo la guardé donde guardaba el primer billete de avión, aquellas cosas. No recuerdo bien dónde. En mi cuarto. Escrituras e hipoteca de por medio, mi habitación de entonces vuelve a ser ahora mi habitación, pero con otros muebles. Después de tanta mudanza de la entrada de los Celtas, del billete de avión, de aquellas cosas ya no supe más. Y ellos se consumieron como auténticos celtas cortos, como mis cartas, dejando al principio el humo y el olor, luego ya nada.

No supe que Cifuentes había dejado el grupo ni que había vuelto después, ni que siguen tocando. No tararée ni un estribillo en diecisiete años, hasta ayer. Ayer yo no iba al concierto de los Celtas. Fue una carambola. Nos costó encontrar el lugar y ya habían empezado hacía más de veinte minutos. Empezar a escucharlos no fue repetir el 13 de septiembre del 92, fue continuar el concierto. Superar el paréntesis y encontrar lo que me mueve adelante, atrás y hacia los lados. Dice Kaos que no suenan igual ahora, dice que Cifuentes desafina. Ha perdido la voz que tenía entonces, dice. Se han perdido mis cartas también. También yo tengo un timbre cazallero. Pero sigo con mis sueños. Y esta vez los voy a soñar hasta el final.

jueves, 27 de agosto de 2009

Las botas de matar

Me pasa a menudo que me entretengo con una musaraña cuando tengo otras cosas pendientes que hacer en la cabeza. A raíz de la entrada anterior, nrq me recordó El club de los idiotas, donde aparecían unos zapatos de matar. La primera vez que le puse a alguien calzado asesino fue en el taller, a una prostituta algo insegura que se agarraba a sus medias de rejilla y sus botas de matar, pero no subí el texto al blog. No, Lalaith, seguro. Las botas de matar se quedaron grabadas a fuego, eran lo mejor, del resto del poema sólo hoy recordé las medias de rejilla. El caso es que con las botas, ni preparé maleta para mañana (ni he preparado...), ni leí ni nada. Agarré todos los cuadernos que encontré con poemas (muchos) y los estuve revisando, en busca de las botas homicidas. Me había quedado un hilo suelto, y yo, a tirar del hilo, como si fuese una gata (sin botas).

Fue como mirar un álbum de fotos. Iban apareciendo viejos versos conocidos, otros olvidados, y los poemas creciendo, cambiando a base de tachaduras. Escritos y vueltos a escribir cambiando una palabra o sin cambiar nada, sólo por irme quedando con la música. Cuadernos ilegibles para cualquiera que no contrate la visita guiada (tenía los legajos frescos en la retina al leer el Testamento de Chucho). Garabatos. Muchas veces no llegaban a nada, pero duermen ahí, aunque no descansan, imágenes, gritos, suspiros, puzzles de palabras que no llegaron a encajar. O sí.

Hay ejercicios de taller, palabras de insomnio, de todo. Son como las fotos, ya digo, cuando se imprimían todas en papel, las buenas, las malas, todas. Sólo que en contra de lo que pasa ahora, en mi caso, cuando me gusta el encuadre en papel, las paso a formato digital. Porque los cuadernos me los dejo por cualquier parte, por eso tengo un blog.

Les dejo a las botas, donde quiera que estén, órdenes que encontré como ejercicio, cinco versos con fuego:

Fuego que rompe el silencio
Fuego que nace rojo, que muere ceniza y gris
Fuego en el pecho, en el vientre
Fuego a discreción, preparen
Fuego, pelotón, apunten ¡fuego!

martes, 2 de junio de 2009

San viernes

Viernes, madrugón y metro. La historia de todos los viernes, aderezada con calor, final de curso, noche sin dormir. Madrugón y metro. Y sentada. No sé por qué, hoy los asientos de este tramo son cabales: nadie de pie, ningún asiento vacío. Frente a mí, un tipo lee Sistemas emergentes. El libro viene a mi cabeza muy recomendado, el tipo no le quita ojo, no levanta la vista ni una vez. A ver si una sonrisa tímida de madrugón de viernes. Me lo tomo vagamente como algo personal. Como aquellos domingos en que competía con tu quiniela en directo y tu carrusel deportivo. Como aquellos domingos por la tarde en que siempre ganaba yo. Pero hoy es viernes. Viernes, metro y a pesar del madrugón de mi sonrisa por encima de esos sistemas emergentes, no hay manera.

Surge una distorsión en el apacible trayecto al trabajo. Entra un mozo con gorra y se aclara la voz. Y yo me digo: Perdonen la molestia, señoras y señores, pero no. Dice bien alto: Hermanos y hermanas. Despierto del letargo de inmediato. Me giro a derecha e izquierda con exagerado gesto de indignación, pero no obtengo ninguna complicidad. El lector de Sistemas emergentes se levanta del asiento y se sujeta en la barra frente al muchacho de la gorra, que ya va diciendo: Jesucristo es el único que te salva. Jesucristo es el único que te condena. La iglesia de Cristo es la única que te puede salvar, a lo que el del libro pregunta: ¿Y es la única que te puede condenar? El predicador, confuso, contesta que sí, por lógica. Pues qué putada, se oye al fondo del vagón.

Los sistemas emergentes y su portador se bajan en la parada de la Universidad y el predicador invita a rezar por las tardes, puesto que una señora con bolso verde había aclarado que llevaba el tiempo justo para llegar al trabajo y que, por muy adorable que fuera, no tenía tiempo de adorar a nadie en el transbordo.

La línea era circular. Yo me habría quedado. La conversación se estaba poniendo interesante. No fui testigo de ninguna falta de respeto, sólo la exposición de la ley y la objeción de parte del personal, nada más. También yo trabajaba. Ya no recuerdo la cara del que se levantó primero. Ni sus ojos. Sólo su voz y su calma. Me pregunto si podré reconocerle por el libro, aunque se termine éste. Me pregunto si tendré que ponerme a predicar, para que levante la vista.

lunes, 16 de marzo de 2009

Definitivamente, no era el día para enredar en la plantilla. Bajando La Maliciosa, ayer me caí un número indeterminado de veces. Indeterminado, pero de dos cifras, creo. Hoy he roto dos platos, un vaso y una jarra, eso y un paquete de pasta. Los tiburones han invadido mi cocina. No era el día de enredar, pero he enredado.
Durante un tiempo, la soledad ha dejado de existir (el blog); al poco, he conseguido resucitarla, y ha vuelto la misma soledad, pero más sola. Sin enlaces. Espero recuperarlos.

lunes, 16 de febrero de 2009

La poeta le da al play

Cable Hogue tiene en su blog una sección en marcha que se llama El poeta le da al play. En ella hay poemas leídos por los autores que cuelga periódicamente. Aún hay pocos, porque es una sección nueva. Este mes, La cónica le da al play en la sección, así que podéis encontrar ahí dos poemas: Mujer de poca fe y Con la misma piedra (antes Con determinación).

Con mi voz dulce y aterciopelada, que igual no la conocéis, y mi cara redonda y sonriente con un restaurante en La Latina de fondo.

Muchas gracias, Cable por hacerlo posible. Estoy encantada.

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Nota mental: Gracias a Ch. por hacer que el blog se note más mío, y a C. por buena anfitriona, y a Cable, por recibirme en su blog.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Los poemas amargos

No es la solución, ponerle un poco de azúcar a las píldoras amargas, pero era la recomendación de Julie Andrews. A veces, con la mejor intención, les pongo suavizante a las palabras antes de escribir.

Si un poema ha de ser duro, que sea duro sin remedio, nada de limar nada de nada. Si es de ventisca y de quedarse atrapados en la nieve, ¿por qué sorprenderse de que los dedos estén hinchados y amoratados? ¿Por qué sorprenderse de que haya que amputar? Si se atraviesa al escribirlo o rasca al leerlo, que rasque. Y si ha de ser desierto, que tenga un paisaje lunar. Sin atmósfera respirable. Sin piedad.