El cielo en su silencio rojo.
El molino amarrado, quieto
y la luna llena en el horizonte.
Hoy he vuelto a la tierra de mi padre
que es tu tierra.
He cavado en la tumba del tiempo.
No he encontrado ninguna calavera
ni un hueso que roer sollozando,
sólo la tierra limpia y nada más.
No hubo muertos. Quizá es que no los hubo.
Para que nunca más despierten
he mecido la cuna de los sueños,
de los malos sueños, suavemente
hasta topar por fin con la evidencia
de que estaba vacía.
Al tañido loco de las campanas
el pequeño rebaño que aún queda
-el cencerro colgando del cuello-
se ha perdido llegando a la entrada
de un templo secular.
He vuelto a la tierra de mi padre
que es la tierra de mi madre, que es mi tierra
y por primera vez en muchos años
mirar atrás sin cerrar los ojos,
aceptar sin resignación
que el tiempo aquí pasa muy despacio
comprobando, eso sí, con cierto alivio,
que aunque pase despacio, sí que pasa.
5 comentarios:
La nostalgia del retorno y los versos de una cierta paz.
Muy visual, me has traslado a algúno de tantos pequeños pueblos de España, el mío, por ejemplo. Me encanta como lo cierras. La observación de que el tiempo pasa lento, pero afortunadamente pasa. Siempre nos quedará eso
Que tal el verano?
Un beso
El miedo al retorno, pulverizado. Y una cierta paz, sí.
Pilar, yo pensé que no pasaba el tiempo. Que allí se estancaba. Pero se pasa, sí. El verano, bien, guapa, por F hasta primeros de agosto.
Volver a las raíces, a la tierra de los antecesores... volver y escuchar la memoria.
Muy guapo... Un beso
parece que esta vez te has parado.
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