Cuando acabes la dejas fuera, dijo. Y me dejó sola. Sola, no: con la vaca. Estaba el taburete y un balde y un hedor a heno fermentado y a boñiga. Me eché a llorar escandalosamente. Grité con rabia. No iba a alarmar a los vecinos. No cabía más sonrisa acartonada, ni inventar más accidentes ni encubrir al diablo se lo lleve. Por primera vez, me vi capaz de todo. De ordeñar, de tener callos en las manos, de aprender el calendario lunar. Incluso me invadió la certeza, terrible, de ser capaz de sacrificar a cualquier animal que se me pusiera por delante.
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Otro microrrelato que no se escucha en antena... Lo mejor de este concurso es que me hace escribir. Aquí está el formulario para participar, con la frase de comienzo: Nos apenó que no le quedara ni un recuerdo para rellenarlas No dejéis de leer los -francamente buenos- relatos ganadores
2 comentarios:
Esto me recuerda a los agobiados de la ciudad que suspiran por regresar (pero nunca lo harán) a la sencillez del pueblo. ¿No te quejabas del estrés y la polución? Pues venga: hoy a ordeñar vacas y mañana a varear olivos, pasado a lavar la ropa al río y al otro a arar. Al tercer día se te quitan las ganas de subir selfies a instagram y al segundo mes estás de vuelta en el atasco.
Yo pensaba más en una huida obligatoria, en un salvar la vida,en esconderse de un monstruo... igual no se ve en el texto.
Los nostálgicos de la polución en Madrid están de enhorabuena, supongo. Yo me lo he planteado a veces, agarrar lo mínimo y marchar al campo. Sólo me atrevería con fecha de vuelta, como experimento temporal, creo. Pero si me fuera, de ir a lo Amish, nada.
Igual a ti te da para un post, lo de los neo-rurales...
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