El primer día, yo opté por cerrar todos los accesos al jardín y legislé que el derecho a salir al habría que ganárselo. Estaba aún con la tercera cláusula para determinar en qué condiciones podrían disfrutar del jardín cuando algún adulto presente, ajeno a mi lucha, les abrió la puerta sin más.
Los niños destrozaron cuanto encontraron de hermoso. Las plantas que habían sembrado, el huerto donde empezaban a subir las judías y a fortalecerse las calabazas. El cohete espacial que armamos con la caja de cartón del termo, pintando a mano el planeta sandía y el planeta berenjena, entre otros, fue desgarrado, amontonado en un rincón y convertido en váter. El tronco de la palmera centenaria, concienzudamente frotado con un cuaderno que habían regado de modo que salían, entre virutas del tronco, lo mismo logaritmos neperianos que la lista de invitados.
Uno de los niños, muy amigo de la naturaleza y defensor de los animales, se subía insistentemente sobre el naranjo enfermo y zarandeaba una rama fuerte, algo más flexible, que por suerte y por la vigilancia e intervención constante de mi marido y mía no cedió. Pero al ponerlo frente a mí para explicarle -otra vez- lo que podía ser y lo que no, su madre se acercó y le ofreció un refresco con gas y un huevo de chocolate.
En la Place Pietri, donde cenamos uno de los días, se acercaron a una mesa donde dos chicas tomaban un té. Una vez. Dos veces. Tres veces. Les tocaban las tazas. No sé si les derramaron el té. El dueño les ofrecía meterse dentro. Las chicas se fueron. Después de acercarme a pedir disculpas y llamarles la atención a los niños, expliqué la situación en nuestra mesa. El padre de uno, sentado de espaldas a la plaza, comentaba: ¡Qué piel tan fina tienen algunas personas!
Los días pasaron entre la perplejidad, la alerta constante, el asombro y el enfado absoluto. En los juegos de los niños mi marido es el monstruo. Yo, la mala. Una de las niñas lloraba, porque le tocaba hacer de presa siempre que jugaban a leones.
Nuestro hijo tiene miedo de tomarnos de la mano. También, de limpiar con nosotros el jardín o ver los desperfectos. No se acuerda de nada de alguno de los últimos días. Es más huraño y más arisco.
No queremos encasillarnos en nuestros papeles, pero aunque suele ser un niño tranquilo, es claro que conoce el bien, pero se inclina por el mal, si hay oportunidad.
Supongo que necesitamos seguir firmes, intentando hacer a la vez que dejen de vernos como la mala y el monstruo. Quizá no estaría de más llamar a un jardinero o a un exorcista.