Me suelen tocar buenas cartas, pero no juego bien al mus. Juego a la sorpresa, al despiste. Al comienzo de la partida miro interrogante a mi compañero. Dice sólo: tu juego. A partir de ahí, tomo las riendas yo.
En principio, por sistema, juego a lo contrario. Si tengo blanco, digo que tengo negro. Envido a grande cuando no llevo ni perete. Pero con cuatro reyes me muestro apática: dejo pasar la grande y digo que hice pares como si fueran dos pitos. Es una estrategia simple. Juego al revés. Todos aprenden pronto a qué atenerse. Según avanza la partida, mi táctica empieza a ser aleatoria. Puedo pedir cartas, decir que estoy servida, pasar, jugármela a órdago teniendo con qué o sin tener. Juego sin estrategia alguna.
El caos desconcierta a los rivales. También a mi compañero. Yo no hago ni una seña. Casi nunca ganamos.
Mi compañero es buen jugador y no le gusta perder. También es buen amigo. Me recuerda algunas bazas impecables, dice que voy mejorando sin perder la frescura, que pronto vamos a pelar bien a esos pollos. Los pollos se ríen a carcajadas a dos metros de nosotros por los puntos que cobraron regalados las veces que corté mus sin llevar. Yo bebo mi cerveza ajena a todo. Muestro un interés súbito y ficticio por la tele, aunque el partido esté en el descanso. Intento poner letra al soniquete de las tragaperras con la mirada perdida.
Si tengo que elegir entre ganar y perder, prefiero ganar. Pero no juego a ganar. Juego al despiste. Y hoy, otra vez, los he despistado. Estoy convencida de que es por eso que ellos le encuentran aliciente a la partida del miércoles, porque logro sorprenderlos. Me siento satisfecha de mi actuación, pero no lo muestro por no delatarme. He sido una caricatura perfecta de la jugadora de mus.
Sospecho que no entienden mi juego, y que se hacen una imagen distorsionada de mí, pero no me pregunto cuál. Esa pregunta sería cruel y, al fin y al cabo, esto sólo es un juego.
ASO
Hace 2 días


