martes, 4 de noviembre de 2008

Pudo ser fuego (los hechos)

Tengo ganas de puchero cuando llega el invierno, pero no estoy acostumbrada a cocinar para guardar. Cocino para comer en caliente, sin pasar por el congelador ni el microondas. Pero el miércoles por la noche me decidí a poner lentejas. Se hicieron a fuego lento mientras preparaba la cena, mientras cenaba, mientras miraba, puede ser, el correo.

Amanecí a las siete menos diez del jueves con la casa llena de humo. En mi dormitorio había menos humo: por la noche había cerrado la puerta. Apenas se veía en el pasillo. Corrí a la cocina y aparté las lentejas, lo que quedaba de ellas. Abrí todas las ventanas. Fui consciente de que el humo no te despierta cuando te invade la casa, y de que los días laborables y los madrugones tienen sus ventajas.

Me duché con la puerta del baño abierta de par en par, para que estuviera más ventilado. La ropa del armario no apestaba. Lo demás sí. El abrigo que cogí, por ejemplo.

Tuve la sensación de estar masticando ceniza varios días, pero sigo mi vida normal. He puesto más lavadoras, he hecho limpieza en la cocina, he pasado frío, con las ventanas abiertas de par en par siempre que estaba en casa. Mi casa sabe a humo literalmente. Y a ceniza. Lo noto en los ojos y en el sabor de las comidas. Primero era más tóxico, luego como una chimenea donde el humo ha salido a la habitación por una ráfaga de viento. Mi madre me ha traído un producto que no conocía. Un absorbeolores que me quita el agobio de las partículas en suspensión pero que lo deja todo pegajoso de humo, como un ambientador en el habitáculo de un coche en que se fuma. Mi madre me invita el domingo a comer. Igual pone lentejas. Ya veremos.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Pudo ser fuego

Saciada por un tiempo
el hambre de lentejas y de cama
podemos morir sin cita previa,
ni cansancio ni ruido.

A las siete menos diez, sin embargo
nos despierta el veneno de otro día.
Otro jueves borbotea
más tóxico pero jueves, sin duda.

La lengua revuelve con los dientes
el café y las cenizas de nada,
porque nada se quemó.

Abrimos las ventanas. Celebramos
al tiempo la caída del mito y de la muerte
y la entrada del frío. Masticamos despacio
el humo y el veneno. Enredamos el aire
y vivimos sin miedo y sin una luz al fondo
la vida, ese drama cotidiano.

viernes, 17 de octubre de 2008

www.enquiebra.blogpsot.com




ESTAMOS AHORA EN LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL FINAL DE LOS TIEMPOS

CÓMO SALVARSE

(Un breve resumen).


Este y otros artículos prácticos para alcanzar la salvación eterna se pueden encontrar si, al escribir una dirección de blogspot.com, intercambias el lugar de la p y la s. Hoy me pasó por segunda vez tecleando la mía. He probado con una de las vuestras y pasaba lo mismo. También con www.blogpsot.com y allí estaba. Supongo que tienen enlazados todos los blogs del directorio de blogger. Se puede ver ahí una impresionante vista de Jerusalén y la promesa de que unos minutos de lectura de la página te harán creer que la Biblia es la verdad. Aunque quizás algo no va bien con esa web. Se me han colgado todas las aplicaciones de Google y he tenido que reiniciar. Os pongo una captura de pantalla. Yo creo que al pecador medio le debe bastar para salvarse.

Una de cal y otra de arena.

Si no queréis leer el resumen de prácticos consejos para el apocalipsis inminente, podéis ver a George Carlin y ya no os harán falta: Religion is bullshit. No lo digo yo, lo dice él. Yo sólo estoy de acuerdo.


6/02/09

El enlace no va ya, he intentado buscar una versión subtitulada en español sin éxito en youtube. Pero os dejo un enlace por si lo queréis ver en inglés


lunes, 13 de octubre de 2008

Con intimidación

La alegría que se roba
se le escurre al ladrón entre los dedos.
Languidece y quema
y no puede arraigar.
Agujerea
el corazón del pájaro
y el del triste
que se consolaba con su trino.
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Escribo muy poco. A mi pesar. Porque me sigue gustando. Hay poemas aletargados, y despiertan algunos versos con algo que os leo, o con una pregunta, que se queda en la cabeza. Esta vez, me dio pie Roberto, con el poema Deshoras. A partir de mañana, vuelve el Taller los martes. Ya colgaré los deberes ;)

domingo, 28 de septiembre de 2008

Otoño y demás

PRIMERA ESTACIÓN

El otoño inspira
a buscar otro sol que más caliente.
A abrigar, por lo que pase, el corazón.
A guardar en la memoria
la luz y su recuerdo. Conduce
a la melancolía y al frío. A los platos de lentejas
y a los tazones de caldo de gallina. Despierta
el olor a alcanfor de los armarios
las caricias debajo de las mantas.


SEGUNDA ESTACIÓN

El invierno inspira a las plaquetas
a cerrar las heridas con trabajo.
Al jamón, con dolor, a curarse.
A la piel, a pegarse a los huesos.
Lleva también a un hombre a la bebida
a la familia o a la soledad.
Dispara frío en las venas y queda
la sangre lastimada. Turbia de rojo. Gris.

TERCERA

La primavera explota de repente.
Inspira a las hormonas
a tomar las riendas de la vida.
Arrastra a la velocidad. Al riesgo. Asoma
el cansancio en la mirada
por exceso de luz y de color. Apuntan
las brújulas al sur.

CUARTA

El verano
inspira al aprendiz de pájaro
a soltar lastre, enseña
a conocer el peso de las horas. Mueve
al sol a acariciar la tarde.
Sazona la piel. Empuja
a romper las fotos amarillas.
Fabrica recuerdos nuevos
y fondos de pantalla.
Invita a los ventiladores a girar.
Al baile. A la locura.
Al desierto. A la sed.
Al tinto de verano.

(También, hacia el final, lleva al otoño)

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Si otoño inspira a los poetas, ¿a quién inspiran las demás estaciones?
Para R, que le dio pie. Para F, por preguntar y por robarte aquello que decías de fabricar recuerdos nuevos, una vez.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Papel mojado

Imágenes y versos hay.
Flotan en la cabeza.
Esperan las palabras el tiempo que les debo.
Juegan traviesas
con el índice y con el pulgar.
Con el corazón no juegan.
Yo no les dejo.

Hubo poemas, pocos, en verano.
Otros dedos los liaron, no los míos.
Intenté no robar. No pedí casi.
He comprado -en crisis- más de lo que leo.

Y si no escribo es por la humedad.
Yo escribiría. Es el papel mojado.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Panegírico

Algo hay que hacer con las mates.



Antes de llegar a la boca del metro, antes del agua de la ducha, antes que te despierte el reloj, te envuelven ya sin pudor alguno. Después, se meten en tu cartera, son capaces de descifrar tus claves y conocen la letra de tu documento nacional de identidad. La distancia más corta entre dos puntos no siempre es una recta, ellas lo saben. Como saben, también, que hay lazos que no pueden desatarse, o que cuando se levanta un muro, a veces no tiene sentido quedarse fuera ni meterse dentro.

Todo esto lo dicen al primero que pasa por la calle, apostadas en las esquinas o asomadas al balcón. Lo gritan, lo susurran en su lengua, llena de signos dulces, de sonidos armónicos, como tantas lenguas. Lo cantan. Cantan secretos desvelados, puzzles que encajan, cortes limpios en las prendas de vestir. Cantan letras que no pasan nunca, deliciosas siempre, cada vez.

Las autoridades han decretado que a todo el pueblo llegue su canción. Se ha instalado al menos un repetidor de la señal por cada ciento setenta y tres habitantes. El pueblo, como es lógico, desconfía de las autoridades. Tiene derecho a escuchar su canción, está presupuestado, el pueblo está pagando sus impuestos. Muchos particulares, además, han llenado los balcones de antenas receptoras y las orejas de los niños de audífonos, incluso las orejas de los niños sin problemas de audición. La señal no llega con nitidez casi a ningún rincón. Se oye algo, sí. Un ruido de fondo. Monótono. Desagradable. Gutural. Insufrible.

Ellas, mientras, persiguen mariposas con expectación, porque las mariposas son impredecibles. Juegan sin descanso. Juegan a los chinos y siempre ganan. Ganan a los dados y a las cartas, aunque lo que les divierte no es ganar, es diseñar estrategias. Bailan por las calles, hacen el pino con elegancia, caminan, siguen cantando. Los más versados en la materia siguen concentrados en sintonizar la señal de la radio lo más clara posible, ajustan los audífonos. Ellas siguen ahí, pero vestidas o desnudas, pocos las reconocen.

Noche sí y noche también, te tropiezas con ellas. Están destempladas. Si les ofreces tu casa y un té caliente, aceptan sin alegar que es tarde. Te invaden la cocina y el salón, están por todas partes y les ves en los ojos que es más de medianoche y llegan sin cenar. Traen músicas etíopes y trajes de Mongolia. Y risas. Confunden el poleo fresco con la hierbabuena. Invierten en viajes ideales que casi se antojan imposibles. Cuentan las tazas, pero no hasta más de seis. En caso de duda, no desempatan. No te quitan el sueño, y sin embargo, no te dejan dormir.

Algo habrá que hacer con ellas. Por lo pronto, darles de comer y ropa limpia, la posibilidad de una ducha, soltarlas en el monte, lo que sea. Todo menos dejarlas quietas y calladas. Menos dejar que se rasquen la barriga, lo que sea. Que lleven sus músicas, sus trajes y sus risas a la plaza, que se pongan elegantes, alegres, lo que sea. Por lo que yo sé, son muy hermosas. Pero aún no se sabe, a ciencia cierta, hasta qué punto. Y nunca se sabrá.

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Muchas inyecciones de entusiasmo en el comienzo de curso. Muchas ganas de hacerlo bien, y de no esconder los mejores atributos de las mates debajo de una hoja de parra.