miércoles, 25 de abril de 2007

Retratos.

El espejo que encuentra nuestro lado mejor está en los ojos de los otros.

Siempre lo sospeché. Desde ayer, tengo papeles que lo prueban. Son retratos. Escritos. Manuscritos. Desde la pluma sensible que capta los detalles. Desde la complicidad y el cariño. Pero fieles. Me reconozco. Soy yo. Ésa que tantas veces no veo, que ellos adivinan, que asoma sin permiso. Que yo no sé.

Están ya en mi álbum favorito. Me miraré a menudo en ellos. No es coquetería sólo (también). Es buscarme desde fuera.

lunes, 23 de abril de 2007

En algún lugar, en algún momento



En algún lugar, en algún momento.

Querido Michael:

Sólo conozco los dos mundos que me enseñaste, el de la realidad y el de la fantasía. No sé, con certeza, a cuál te escribo. Ya sabes que acampo en la frontera, en la mezcla de colores, en el negro, que tantos matices esconde.

Me cuelo en un café. Apoyada en el codo, la mano en la frente y los ojos cerrados, escucho el despertar de la ciudad. Voy dibujando, con tinta negra, el entrechocar de la taza con el plato. La maraca de papel y azúcar suena a mi lado. La caricia de la cucharilla traza estelas de espuma. Las dibujo también. Alguien lee un libro. Es áspero el hojear y huele a recién impreso.

La cafetera silba. Humean las tostadas en la plancha y el cigarro en la boca de la mujer del maletín. Huyo del humo despacio, con pasos cortos.

En la calle amanece. Un barrendero rasga el gris de la acera en una calle larga, larga, larga. El movimiento del cepillo es rítmico. Lleva el compás un-dos-tres-cuatro. Y vuelta a empezar.

A su lado se oyen, presurosos, los tacones de la mujer del maletín. Y los pasos de tantos que apenas tienen tiempo de respirar. Absorta en la cadencia, me siento y degusto el bisbiseo de la escoba. Dos pasos acompañan cada ida y venida. Los trinos de gorriones y el gorgoteo de palomas hacen los coros. Hasta el claxon de algún conductor impaciente forma parte de la melodía. Es la primera vez que veo a tan singular director de orquesta. Le conozco desde siempre, sin embargo. Cerca de él traspasa el anaranjado el verde de los árboles.

Comienza un goteo de adolescentes tristes. Cargados de mochilas imposibles, arrastran pasos pesados. Blindan su interior. Lo que piensan, si van pensando en algo no alcanzo a imaginarlo. Traen una ola de melancolía a mi playa. No me invade, sin embargo. Se va pronto, con la algarabía de chiquillos más pequeños que van al colegio entre juegos y risas. Estrenan el día como es debido. Porque un día nuevo es una fiesta grande. Yo les sonrío y vibro con su alegría.

Empieza un golpeteo rítmico dentro de mí. Serán mis latidos torpes. Serán, quizá, tus dedos en la máquina de escribir, que me dan vida. Ya no sé si te escucho o me piensas. Quizá, lo que ocurre es que me leen. No sé en qué tiempo estoy. Que tengo tiempo, sí lo sé. También, que tardará en deshojarse.

Gracias por el paseo matutino. No te pido que me escribas. Sé que me escribes ya. O que me escribirás. O que me has escrito.

Un abrazo indeleble.

Momo.

sábado, 14 de abril de 2007

Magia blanca

Sin plan preconcebido,
arrastro las cadenas
y muerdo el luto
de los dolores en vinagre.

El aire ahoga.
El camino a la ventana
es sinuoso.

Duende, te asomas,
travieso, al alféizar.
Entras.
Estrépito de hierbabuena.

Un chasquido
y echas el lazo a los dolores todos.

Pronuncias el conjuro:
"Ya, y se acaban".
Te miro a los ojos.
Y se acaban.

viernes, 30 de marzo de 2007

El profesional

En el sótano guardo muchas botas, rotas por el uso. Los futbolistas más insignes del Barça y otros menos recordados las han calzado.

No soy un aficionado. Soy un profesional. He trabajado en el club del 75 al 92. Además de auxiliar de material, he cumplido todas las funciones de un buen utillero: diplomático, discreto, confidente, cómplice, mano izquierda...

Entiéndanme bien: jugadores y técnicos me han respetado. Soy un profesional. De cada jugador guardo un par de botas rotas. No es afición. Es previsión. Mi plan de pensiones.

Hoy, fíjense, descubro que soy un sentimental. No soy capaz de venderlas. Las tengo bien emparejadas. A veces, colocadas por orden alfabético. Otras, por temporadas. Otras muchas, hago mi propia convocatoria: las titulares ocupan su lugar en el campo, y las suplentes se alinean, juntas, en el banquillo.

El club no ha sido previsor en cuanto a mi jubilación. Aunque he sido un profesional.

Ahora que todos los jugadores se han retirado, ahora que no perjudicaré a ninguno en su carrera, ahora que veo imposible deshacerme de las botas, he decidido contar las anécdotas, las complicidades, las confidencias.

No es traición, entiéndanme bien. Es necesidad.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Aguas en la memoria

Marta pasa las últimas semanas oscilando de casa al trabajo, del trabajo a casa, tic-tac. Los viernes y los sábados se ajusta los vaqueros gastados para salir y tic-tac, no se come una rosca. Los domingos visita a la familia, en Villaluenga. Juega con sus sobrinos a las carreras y ayuda a coger pimientos en la huerta. Y tic-tac, vuelve tarde a casa.

Así, día a día, tic-tac, hace el péndulo. Marta que te alejas a la izquierda, Marta que te vuelves a la derecha y, en definitiva, tic-tac, Marta que pasas por el mismo lugar.

Marta vive un octubre suave, sin desgarros, un octubre de aguas en la memoria. Vive, tic-tac, sí. Pero no llena el calendario de recuerdos.

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Del cuaderno analógico al digital, antes de que vuelva a perderse el soporte cuadriculado. Mein bester Freund me hace reír. Y cantar.

martes, 20 de marzo de 2007

Trajines

Me duele la espalda de andar encorvada. Esta mañana recorté el suelo de la cocina. Tengo tos todavía de mezclar los polvos. Por más que le dí al piso con estropajo y vinagre, se quedó con paño. Es lo que tiene el cemento.

Me duele la espalda. La pila es buena, de una pieza sola, y es muy hermosa. Traer el agua no me da pereza. El pozo del cura está al lado. Con ir tres o cuatro veces y llenar la cántara, ya vale. Pero para dejar la ropa mondá no se puede lavar sólo con jabón, agua y lejía. Hay que lavar con todo el cuerpo, y estoy derrengada. Y el olor a lejía llega muy dentro, se mezcla con los polvos y el vinagre y hace un menjunje que no deja respirar.

He salido a tender.

Hasta el corral llegaba el olor a pimentón y alcaravea. Y a socarrao. Entré corriendo a quitar las trébedes de la lumnbre y todo se hizo oscuro. Tropecé con el poyete entre el corral y la cocina. Me caí de boca. El sol, sin estar, jugaba aún a dibujar círculos en mis ojos. Palpé el lebrillo. No se había roto. Menos mal.

Las gachas borboteaban. Chuf, chuf. Cogí el paño de la repisa y las aprté a tientas. Me daban batidos las narices. Y me dí cuenta que estaba sangrando. Tenía un pañuelo en la faltriquera, menos mal. Los algodones los guardo en el cajón del aparador. Está hinchado de la humedad. Se ha atascado, como siempre. Si me pudiera hacer de otro... La puerta de la alacena sólo la puedo abrir yo, que le tengo cogido el aire. La pared que linda a la vecina rezuma salitre. Es por eso que se estropea la madera.

He salido de la cocina y en el cuarto, con los ojos hechos ya a la luz de casa, me he mirado al espejo. Y he visto a otra. No por el estropicio de la nariz, no. Entre las manchas de azogue, imagino otra vida. Mía, pero otra. Creo, delante del espejo, que podría aliviarme estas cargas diarias de las espaldas, algunas veces. Huir de mi casa, de mis hijos y mi hombre sería drástico. Los quiero. No es eso. Por lo pronto, he empezado a escribir un poco cada día, de esos momentos en que vivo la vida del espejo.

Hoy, por ejemplo, he escrito:

Mediodía

Me gusta salir al corral
en el cuerpo del día.

El sol
blanquea las sábanas colgadas.

Juegan
sus dedos en mi nuca.

Refleja en la cal.
Se multiplica.
Pone la sangre tibia
y me ciega.


Lo que escribo, claro, lo guardo en la alacena.

Problemas técnicos para publicar el post. A Blogger no le gusta mi html. ¿No le gusta OpenOffice? ¿No le gusta Linux? ¿Sólo es Ubuntu? ¿No le gusto yo?

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Ach, Die Prinzen, después de tanto tiempo. Si tuviera bicicleta, me enamoraba de ella. Me quedaré a trabajar hasta tarde, con ellos.