
Al otro lado de la puerta está el horror,
el final, irremediable si cruzamos.
No cambiarías este mundo conocido
de alfombra verde, vaso de leche,
lámpara de lectura y sofá beige.
Yo voy y tú lo sabes, desolación en tu mirada,
tus dedos desahuciados se agarran a mi brazo.
Al otro lado está el horror, yo te digo que no.
No atiendo ruegos. Confía en mí, te digo. Y tú confías.
Te sorprende encontrar al rebasar la puerta
tu habitación, la luz por la ventana, la colcha azul
donde siempre estuvo.
Me miras. Soy un ángel o una diosa.
Me abrazas y celebras el milagro.
Elena murmura una oración al vernos.
De la demencia -se persigna-
nos libre Dios.
Baja las escaleras. No le sorprende que amanezca a su hora,
ni que las calles estén en su sitio y la lleven dóciles a casa.
El pan está en la tienda, no se pregunta cómo.
El agua, desde el grifo, gotea.
Dios escucha su oración.
Su vida sigue apaciblemente gris
sin atisbo de fe, de milagro o demencia.
