
Dice Raúl que no se puede descubrir el Mediterráneo todos los días. Lo dice casi cada lunes, y tiene razón. Salir a descubrir el mar desde el mismo punto del interior, partiendo de cero, es un esfuerzo demasiado grande. Demasiado inútil. Devastador.
El sentido de la orientación, la carta de marear y el cuaderno de viaje son importantes para llegar al destino. También la tripulación. Buscar un puerto, aunque no sea definitivo, es fundamental. Me contento, casi siempre, con viajar. Con el vaivén de las olas. Con sacar el brazo por la ventanilla del coche y buscar una posición aerodinámica o cortar el viento. Basta el asiento de ventanilla en el tren. Cuántas veces, al llegar a Atocha he mirado el panel de salidas tentada de subirme al próximo, donde quiera que vaya, y seguir la vida por ahí.
Improvisar y no escatimar en nada. Gastarme cada día. Tirarme a las piscinas. Nadarlas todas. Órdago a grande y a chica y a pares y a juego, sin rumbo. Un esfuerzo demasiado grande. Demasiado inútil. Pasa factura.
Necesitaba huir a donde fuera. Existía, como en el libro de Michel Houellebecq, la posibilidad de una isla. Una tripulación excelente y una isla pequeña me han hecho fácil encontrar el levante y el poniente. Y el privilegio de las mariposas y los lagartos, y el derroche de luz y de color que obedece a las leyes físicas.Ignoro si persigue algún propósito, pero la belleza pura, de contener el aliento. es el resultado, haya una razón o no. Es lo que queda impreso, más que en las fotos, en la memoria de la retina. Ha sido descubrir el Mediterráneo todos los días varias veces.
En cuanto a la orientación, me queda ir buscando el norte, cada día. El sur me lo reservo para las grandes ocasiones.
Me pierdo un poco en los puntos cardinales. Raúl sospecha mis descubrimientos del Mediterráneo muchas veces. Lo sabe por mis palabras, por el tono de voz, por la sonrisa abierta. No es posible descubrirlo cada día, me lo dice sin intención de convencer ni de desanimar. Más bien me señala el estante de los atlas, porque sabiendo dónde cae, aunque no se descubra cada día, no es difícil encontrarlo.
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Pedazo de chapa, lo sé. Pero llevaba demasiado sin escribir, y de los viajes vuelven las maletas llenas de ropa sucia y de intenciones. Y por todas partes se siguen viendo mariposas.