
Es hermoso volver a este paraje,
al olor del agua estancada, al rumor de los insectos.
Es hermoso saber que la alegría cotidiana
pierde la memoria y que puede una descansar a la sombra
de la desgracia propia o de la ajena.
La muerte cae a plomo en este pueblo,
la compasión forma capas de barro
nauseabundo sobre los dolientes. Respeta su forma
al principio. Protege su piel. Al pasar los días y los años
los convierte en masas amorfas que se mueven con dificultad
y la piel se pudre y es aire podrido también lo que respiran.
Vecinos y familiares y ellos mismos
echan un cubo de lodo fresco
y maloliente todas las noches y todas las mañanas,
para evitar que el luto de barro se agriete
y no dejan más escapatoria que mirar a lo alto.
Desde lo alto, los vencejos amenazan en vuelo cruzado irregular
con comerse sus párpados y destrozar su piel con excrementos ácidos.
Y es más duro cargar con la vida -lo que queda de ella-
cada día, uno tras otro, tres años, ocho años, quince años
que la pena negra que los trajo a la antesala de la muerte
a esperarla aquí quietos y callados. La salida airosa a esta situación
sería morir de pena. Pero no se mueren.