miércoles, 10 de septiembre de 2008

Panegírico

Algo hay que hacer con las mates.



Antes de llegar a la boca del metro, antes del agua de la ducha, antes que te despierte el reloj, te envuelven ya sin pudor alguno. Después, se meten en tu cartera, son capaces de descifrar tus claves y conocen la letra de tu documento nacional de identidad. La distancia más corta entre dos puntos no siempre es una recta, ellas lo saben. Como saben, también, que hay lazos que no pueden desatarse, o que cuando se levanta un muro, a veces no tiene sentido quedarse fuera ni meterse dentro.

Todo esto lo dicen al primero que pasa por la calle, apostadas en las esquinas o asomadas al balcón. Lo gritan, lo susurran en su lengua, llena de signos dulces, de sonidos armónicos, como tantas lenguas. Lo cantan. Cantan secretos desvelados, puzzles que encajan, cortes limpios en las prendas de vestir. Cantan letras que no pasan nunca, deliciosas siempre, cada vez.

Las autoridades han decretado que a todo el pueblo llegue su canción. Se ha instalado al menos un repetidor de la señal por cada ciento setenta y tres habitantes. El pueblo, como es lógico, desconfía de las autoridades. Tiene derecho a escuchar su canción, está presupuestado, el pueblo está pagando sus impuestos. Muchos particulares, además, han llenado los balcones de antenas receptoras y las orejas de los niños de audífonos, incluso las orejas de los niños sin problemas de audición. La señal no llega con nitidez casi a ningún rincón. Se oye algo, sí. Un ruido de fondo. Monótono. Desagradable. Gutural. Insufrible.

Ellas, mientras, persiguen mariposas con expectación, porque las mariposas son impredecibles. Juegan sin descanso. Juegan a los chinos y siempre ganan. Ganan a los dados y a las cartas, aunque lo que les divierte no es ganar, es diseñar estrategias. Bailan por las calles, hacen el pino con elegancia, caminan, siguen cantando. Los más versados en la materia siguen concentrados en sintonizar la señal de la radio lo más clara posible, ajustan los audífonos. Ellas siguen ahí, pero vestidas o desnudas, pocos las reconocen.

Noche sí y noche también, te tropiezas con ellas. Están destempladas. Si les ofreces tu casa y un té caliente, aceptan sin alegar que es tarde. Te invaden la cocina y el salón, están por todas partes y les ves en los ojos que es más de medianoche y llegan sin cenar. Traen músicas etíopes y trajes de Mongolia. Y risas. Confunden el poleo fresco con la hierbabuena. Invierten en viajes ideales que casi se antojan imposibles. Cuentan las tazas, pero no hasta más de seis. En caso de duda, no desempatan. No te quitan el sueño, y sin embargo, no te dejan dormir.

Algo habrá que hacer con ellas. Por lo pronto, darles de comer y ropa limpia, la posibilidad de una ducha, soltarlas en el monte, lo que sea. Todo menos dejarlas quietas y calladas. Menos dejar que se rasquen la barriga, lo que sea. Que lleven sus músicas, sus trajes y sus risas a la plaza, que se pongan elegantes, alegres, lo que sea. Por lo que yo sé, son muy hermosas. Pero aún no se sabe, a ciencia cierta, hasta qué punto. Y nunca se sabrá.

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Muchas inyecciones de entusiasmo en el comienzo de curso. Muchas ganas de hacerlo bien, y de no esconder los mejores atributos de las mates debajo de una hoja de parra.

jueves, 21 de agosto de 2008

Viel Spaß beim Einkaufen (Páselo muy bien comprando)


Tengo un mercado en frente de casa y me pregunta la frutera a veces qué tal salieron los champinhones y si les gustaron a mis amigos, por ejemplo.

Hay a quien le da miedo volar. A mí me ponen nerviosa las grandes superficies. Los precios en amarillo, los cartelones rojos, demorar la decisión de elegir una marca de guisantes entre quince, regatear unos céntimos sin que me enganhen el peso escurrido o el peso neto o el volumen. Entre un bote y otro de guisantes, sopesando, reparo en que pongo demasiados guisantes en mi dieta. Seguramente, si consulto con Simone Ortega, encontraré alguna pista para variar las guarniciones. Dejo la cesta tímidamente y busco la salida sin compra. Nadie me da los buenos días, pero el guardia de seguridad, a veces, me mira.

Hace un par de semanas fui a un centro comercial a por un ratón. Llevaba varios días, dos quizá sin utilizar el ordenador. Apenas recordaba algún atajo de teclado. Esa misma tarde me prestaron la bicicleta. Oscurecía y no había montado en bici en anhos, pero necesitaba el ratón. Angela me dijo que llenara de botellas la mochila para dejarlas en el sistema automático de reciclado. Le dije que no entendía. Señalaba la montaña de botellas vacías del jardín, decía que me darían casi 2 euros y sonreía. Yo también sonreí y seguí sin entender.

Pedaleando, pero sin mochila, fui al centro comercial. Busqué, sin moverme, el pasillo con los accesorios informáticos. Fui directamente, escogí un ratón entre trece opciones y me dirigí con paso ágil a las cajas. Por cada cuatro cajas había una cola. Orden, eficiencia, rapidez, todo bien, lo que es de esperar en Alemania. Cuando estaba a punto de tocarme, vi que no había cajeras, sino autómatas. No tenía claro cuál era el lector del código de barras. La máquina no aceptaba mi tarjeta y las palabras eran demasiado largas, demasiado compuestas como para entender las indicaciones de la pantalla. Una chica peruana que esperaba a mi lado me salvó del desastre. Sonreía, y le sorprendió que fuera mi primera vez.

La vigilante, sin abandonar su puesto al lado del arco magnético, movía la cabeza, condescendiente. Nadie hizo ademán de protesta. Volví a casa ya de noche, carril bici adelante. No pisé más centro comercial, cambié de supermercado. Aprendí a utilizar el sistema automático de reciclaje y me dieron 1,60 € por dos bolsas grandes de botellas.
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Intenté escribir desde Berlín, y tenía media entrada guardada en borrador. Así llega, sin acabar muy bien. Ya vendrán más (c)entradas. En Berlín nada pasó en español, quizá por eso me cuesta escribir. Hoy cené con amigos y los champis de la frutería de abajo salieron fenomenal. Al ajillo esta vez. Siempre son muy frescos, una apuesta segura.

Esta vez, es Claudia quien me da pie. Leí su entrada Grizzly Man justo después de meter las botellas en el sistema automático de separación y reciclaje del súper.

sábado, 2 de agosto de 2008

Berlin, ganz plötzlich



(Berlín, de repente)

Hay veces que llegan noticias de repente, y no suelen ser buenas. Se murió de repente, por ejemplo. Yo, de repente, me voy a Berlín. Se me hizo largo el verano (de repente) y he dejado de ser hormiga que guarda para el invierno. Nací cigarra, ¿qué se le va a hacer? Intentaré ser una cigarra prudente, pero si no lo consigo, ya mendigaré por los hormigueros.

lunes, 28 de julio de 2008

Game over

Ella dijo -eres un sol-
-y tú eres una sombra- dijo él.
Sonrieron tristes
con la tristeza de no poder fundirse
ahora que se habían reconocido.

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Si encontráis algún verso bueno, es de J

Que nadie me toque el puzzle

Son 20000 piezas. Faltan algunos huecos que llenar y hay piezas clasificadas por colores o sueltas por la caja. Es un puzzle a medio hacer, ni más ni menos.

En una madera a medida he pegado todas las piezas que tienen el borde liso, las que hacen marco. Algunas veces pienso que la partida vino mal cortada y me dan ganas de limarles los bordes para que entren. De hacer trampas. Pero sé que hace falta saber mirar, mirar de otra forma.

Cuando cojo una pieza, da vueltas en mi cabeza y en mi mano antes de ocupar su sitio o volver a la caja. Últimamente avanzo poco, o eso me parece. Si me canso de buscar o salgo unos días, lo tapo con una tela marrón que lo cubre entero y lo protege del polvo. Sobre la tela, una nota amarilla, grande y clara: "Que nadie me toque el puzzle".

Llegaste hace poco, y duermes en la habitación del puzzle. No te he vigilado, pero lo he mirado algunas veces y estoy segura de que has andando toqueteando. Hasta dos o tres piezas nuevas he visto puestas que no me cuadraban. Porque no esperaba esa sombra ahí, por ejemplo. Encajan perfectamente. No las he tocado. No he dicho nada. "No me toques el puzzle", solamente.

Hoy, cuando se nos acababa el tiempo, me has dicho, sin darle importancia, dónde iba la que más se me atraviesa. Y me he enfadado, claro, porque es mi puzzle. Te has ido y he probado. Y encajaba. Ahora sé que hace falta que miren otros ojos.

lunes, 14 de julio de 2008

Hambre


Si estuviéramos dispuestos
a repartir lo que hay
entre los que somos

si estuviéramos dispuestos
acabarían esta desesperación
y el grito de tanta hambre
y los círculos de buitres alrededor

ocurre
simplemente
que no estamos dispuestos.

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Me dan pie Una vida lo que un sol y una conversación con J. Y las noticias, cada dia.

viernes, 11 de julio de 2008

Volver





Es hermoso volver a este paraje,
al olor del agua estancada, al rumor de los insectos.
Es hermoso saber que la alegría cotidiana
pierde la memoria y que puede una descansar a la sombra
de la desgracia propia o de la ajena.

La muerte cae a plomo en este pueblo,
la compasión forma capas de barro
nauseabundo sobre los dolientes. Respeta su forma
al principio. Protege su piel. Al pasar los días y los años
los convierte en masas amorfas que se mueven con dificultad
y la piel se pudre y es aire podrido también lo que respiran.

Vecinos y familiares y ellos mismos
echan un cubo de lodo fresco
y maloliente todas las noches y todas las mañanas,
para evitar que el luto de barro se agriete
y no dejan más escapatoria que mirar a lo alto.

Desde lo alto, los vencejos amenazan en vuelo cruzado irregular
con comerse sus párpados y destrozar su piel con excrementos ácidos.


Y es más duro cargar con la vida -lo que queda de ella-
cada día, uno tras otro, tres años, ocho años, quince años
que la pena negra que los trajo a la antesala de la muerte
a esperarla aquí quietos y callados. La salida airosa a esta situación
sería morir de pena. Pero no se mueren.