viernes, 12 de diciembre de 2014

Mucho te quiero



Había escrito cien veces: te quiero. Te quiero, Julia.  Te quiero, Alejandra.  Te quiero, Manuela. Y todos los te quiero eran  verdad.  Igual que el frío en la trinchera. Los cambió por tabaco hasta octubre y en noviembre, cuando nadie tuvo picadura ya, los hizo de balde. Cada te quiero  en letra inglesa era una bocanada de humo dulce.

El invierno fue duro sin tabaco en el frente. Desde la retaguardia, cien mujeres proporcionaron tregua y aliento a aquel soldado. Víctima del veneno de la literatura, llegó hasta el armisticio. Vivió como escritor empedernido y ya no fumó más.

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Jugando con el concurso de microrrelatos de la SER... Pasen y escriban. Tendrán de todo lo que se necesita para animarse a escribir. Una frase inicial, cien palabras máximo y un plazo... ¿qué más se puede pedir? Los que escogen cada semana, además, suelen ser bastante buenos...

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Matemáticas aplicadas



Empezó a pensar en un nuevo teorema.  

En el escenario claro de su cabeza se sucedían posibles condiciones necesarias o suficientes con la elegancia que despliegan los instrumentos al entrar y salir en una sinfonía. Exploró sin descanso y cada posibilidad era un adagio que ensanchaba su pecho y se desvanecía luego, sin terminar de tomar forma.  

Esbozó una sonrisa cuando la encontramos. La mirada lúcida e incisiva permanecía ajena al caos circundante. El ejercicio de la razón – lo dijo años después de haberlo demostrado-  proporciona, a veces,  el único resquicio en el que refugiarse del horror.  

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Intentando dedicarle tiempo a la escritura con microrrelatos. Este lo mandé al concurso de Relatos encadenados de la SER.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Qué ganas de escribir

Poeta, hace algún tiempo,  de batalla,
De verbo cotidiano y de extrarradio,
Métrica irregular, alma desnuda,
Ávida de alumbrar los interiores
Harta de dibujar oscuridades
Poeta, en fin, del siglo XXI,
Poeta, en fin, ya ven, de tres al cuarto,
No me siento
A concebir un verso dos minutos.
No me siento a escribir.  Lo que les digo.

La musa anda aquí, no se me apuren.
Habita la casa del vecino y canta dulcemente.
Llama a mi puerta a veces por la tarde.
También de madrugada, hay qué decir.
Distraída y hambrienta, sin consuelo.

El vecino, galante y ojeroso,
la mirada extraviada, la despide agotado.
La camisa de lino salpicada de tinta.
El rostro macilento.
La musa es insaciable.

A veces la recibo.  Suspira en el zaguán.
Le sirvo una sopa caliente y me retiro.
No quiero entorpecer con mi presencia
El silencio suyo. Y ahí está, sorbiendo.
Sola con su cuchara. Susurrando.
No quisiera  -me digo- robar el aire fresco que no es mío
Y dejar que me cante algún cuento infantil.
Un bosquejo de estrellas azules y planetas. 
Un bodegón de moros revueltos con cristianos.
El retrato sereno de un hombre que vacila.

O el de una mujer fuerte de nuestro tiempo.
Un bombardeo.  Una luz.  Una sombra. Una risa.
Una naturaleza muerta. El privilegio
De una naturaleza viva.

La musa es del vecino, me repito.
En el buzón de él está su nombre.
La ha invocado él  y no hay derecho
Que me asista a escucharla también yo.
Al artista lo suyo. A nadie más.
Muy pronto me retiro al interior
Clasifico facturas y dispongo
Los tapones de cera en mis oídos.
Decoro, honor, prudencia y dignidad,
me impiden traducirles su canción.

La falta de tiempo o la desgana
de pedirle a los hombres en cubierta
Que me amarren al mástil para oírla
Que me ignoren los gritos y que impidan
Que me arrastre su fuerza poderosa
Me hacen vivir con los ojos alejados de ella.

Me siento incapaz de, en modo alguno,
Volver para quebrar la soledad.
Incapaz de nombrar esas palabras
Que existen pero callan.
Que no han dormido juntas en un verso.
Que son pero no son.

Sentirse incapaz de nada sirve.
A mí no me sirvió. Justificar ausencias
O retrasos. Disculparse sin fin..
Asumir la pereza y la nostalgia
Como si fueran una fatalidad
No sirven – no me sirven a mí –
De nada.

Quiero escribir por el gozo que produce
Jugar con las ideas, de manera
Que las palabras quedan ordenadas
Según  sus elementos: 
la vecindad, la luz que las circunda, 
la música, el acento, su color, 
la llamada que hacen a las otras palabras
la  lógica que empuja a una tras la otra,
el azar que las quiso en la misma canción,
el sentido que esbozan, el abismo que muestran
y la danza que baila, anárquica sin serlo,
la gramática libre de aqueste nuestro idioma. 

¿Qué ganas de escribir? Pregunto aquél.
Y otro mintió: Ganar, no gano nada.


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