martes, 26 de abril de 2011

Vida en el cielo

Desde mi ventana veo
una estrella solitaria.

Una cienmillonésima parte
del cristal de la ventana
es luz. La luz titila.

No entiende de la vida
mayúscula de los elefantes
ni de estafilococos invasivos.
No sospecha con qué precisión brilla
en el punto estipulado del brazo de su galaxia.

No sabe. No mira. No ve.

Y sin embargo, pienso que tiembla.
Y sé que se siente sola.


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palabras grandes y pequeñas.

viernes, 1 de abril de 2011

Alter ego

Vengo notando que escapo de mi vida algunas tardes. Aún no lo perciben los demás, pero yo sí. A veces, basta que salga un poco el sol para querer tomarme vacaciones, aunque no duren más de unos minutos. Y vivo en mi cabeza como alguna de las mujeres que tengo la posibilidad de ser, pero no soy. Ellas tienen mi edad y de momento, habitan en mi cuerpo. No sé durante cuánto tiempo podré mantenerlas confinadas en él. Me alegra por las tardes fantasear mientras aprieto el paso por la calle y disimulo una sonrisa para que nadie se interese o me adivine. Soy consciente de algunos deseos realizables, me imagino montando en bicicleta en una isla dentro de dos semanas o inmersa en sesudas disquisiciones lingüísticas o un plan de doctorado algún invierno. No está bien visto soñar en estos tiempos o no nos lo podemos permitir, así que cuando duermo soy austera y sueño siempre con la realidad, pero cuando estoy despierta, la realidad va cobrando otros matices.

Me siento algo cansada algunas noches, después de buscar piso por el centro con escuela infantil para los niños que no tengo. Me conecto más a internet, ¿qué remedio? para tener la información que necesito e ir adaptando mi vida a la de ellas. Contemplo la posibilidad de pasear por uno de esos parques escondidos que no hay en mi ciudad, orientarme en el monte, leer cada domingo, enteros, los periódicos o empezar a fumar.

Resultará costoso convertirme en una de ellas. He desechado sus vidas muchas veces, porque no me he atrevido a soñar o porque otros sueños se han impuesto. Cuanto más dejo que atienda cada una a su afán, más se me antoja que se expresan de forma diferente a la mía. Que tienen otra voz, que son menos esbeltas que yo o algo más altas. Empiezan a tener otras edades, a hablar otras lenguas e incluso a veces, me arrebata la idea de tomar la palabra como un hombre que no conozco aún pero quisiera habitar por un tiempo.

Apagaría el ordenador de inmediato, pero la fantasía la querría prolongar. Imaginar ser tan otra, tan distinta, me resulta a veces un acicate para disfrutar la vida cotidiana, sobre todo estas tardes que digo que reservo para la fantasía. Entro en razón a veces y sospecho que tanto desdoblarse no puede ser inocuo. Debería darme a alguna actividad que me serene y que pueda gozar al mismo tiempo. Y pienso en escribir, en el placer que presumo inofensivo. Decido entonces tomar las palabras y ponerlas en el papel. Sólo con el bolígrafo en la mano y delante del folio en blanco desfilan ante mí todas esas mujeres que decía, algunos hombres que no conoceré y sombras en el fondo que todavía no han llegado a ser. Son personajes.