jueves, 29 de octubre de 2009

Una historia en cinco líneas

Después de tantos años de enarbolar la misma bandera estéril, Carlos empezó a consentir. Compró un ciclomotor para su uso privado y exclusivo. Fue contratado por una multinacional y alargó la jornada y el sueldo con horas extraordinarias. Su hija aprendió que pi es más que tres catorce en un colegio de prestigio. Invirtió en bolsa. Dejó, en definitiva, de ser un rojo.
_____________________________________________________________________
Que contenga rojo /estéril / bandera / consentir / Carlos / tres catorce (ó pi)


miércoles, 28 de octubre de 2009

Alcalá, 32 18h00

Una tabla de frecuencias es una hoja de cálculo que se puede completar a mano. Las utilizamos en la ESO para calcular parámetros estadísticos. Basta con que suene eso: Estadística. En la ESO, lo que se ve de Estadística es cómo elaborar (con regla y compás) algunos gráficos y el modo ancestral de calcular artesanalmente la media y la desviación típica. Somos artesanos.

Dice Carlos que Wang no debería estar en su clase. Wang es sólo uno de los dos alumnos que no entienden una frase completa en una clase de 27. Es lo que se llama en Estadística un valor atípico. Tengo esperanzas con él en la elaboración repetitiva y automática de tablas de frecuencias, porque una vez que sabes las columnas que tienen que multiplicarse, las casillas son más rápidas de rellenar, con mucho, que las de un sudoku. Nombro las columnas con sus letras y señalo las casillas manuscritas en tiza, arcaicas, con las manos abiertas. Las multiplico con los brazos y muevo el tronco, buscando el asentimiento de Wang. Pero Wang dice que no con la cabeza.
Pienso que el entrenamiento con las tablas puede ayudar a Wang en algún trabajo minucioso, como el de relojero. Un trabajo de chinos, supongo.

Dice Carlos que Wang no debería estar en su clase. En casi todas las asignaturas, Wang estira el brazo izquierdo y apoya la cabeza sobre él. A veces, se duerme. Carlos no sabe cómo ayudarle, aunque se sienta a su lado, porque Wang no entiende nada. No debería estar aquí, dice. Hablando, coincidimos en que lo que Wang necesita es aprender castellano. Existe un programa, el del Aula de Enlace, que permite a los alumnos extranjeros que no hablan castellano hacer un curso de lengua y cultura durante las horas de clase por un período de 6 a 9 meses. Para Wang, el curso no fue suficiente. Quizá nosotros, y Carlos está de acuerdo, también necesitaríamos más de nueve meses para hablar chino. Deberían dejarle estar más tiempo en el Aula de Enlace, dice Carlos.

Dice Carlos, también, que aunque Wang fuera español, él cree que no pondría ningún interés en estudiar. Yo no lo sé.

Lo que Carlos no sabe, porque yo no se lo he dicho, porque me autocensuro, supongo, es que este curso se han cerrado 50 Aulas de Enlace en 50 institutos y colegios de la Comunidad de Madrid. No sabe que quizá cierren la nuestra, porque aunque el curso está empezado, las siguen cerrando. Dice la Comunidad de Madrid que con la crisis no llega el aluvión de alumnos extranjeros de otros años. Que el recurso sobra. A mí me parece que se debería utilizar en un marco más amplio, porque el hecho es que Wang no entiende, es uno de los dos alumnos entre veintisiete que no entiende nada. Estadísticamente, un valor atípico que no es digno de tener en cuenta. Pero es que, aunque sea de Matemáticas, mi cabeza no piensa en términos de Estadística.

Por eso voy mañana a una concentración por la Enseñanza Pública. Alcalá, 32. 18h00

miércoles, 21 de octubre de 2009

Hospital de campaña

Una cama de hierro y un cubo de zinc,
el dolor de cabeza
las ojeras tatuadas
la mirada perdida
el abrigo prestado
metralla en la memoria
el olor de los cuerpos.

La sirena precede
el silbar de las bombas
los escombros del hambre
las mujeres en ruinas.

Y después un silencio.

Hospital de campaña.
Una cama de hierro y un cubo de zinc.

lunes, 19 de octubre de 2009

Ni fue ni pudo ser, pero podría haber sido

Hay noches, casi todas, que no, ya no suena tu nombre en mi cabeza.
Hay días que no distingo ya tu mirada de miel del resto de miradas
que crucé con otros pasajeros del tren de cercanías
con peatones esperando que cambiara la luz de los semáforos
con vecinos que esperaban su turno en el puesto de fruta del mercado.

Se desprendió del sofá la huella cansada de tu cuerpo.
Tu voz ya no es tu voz, ya no encuentro en ella tus palabras
y hace tiempo que ya no me contagia tu risa venida a menos.

Te asomas a mi puerta algunas veces para pedirme sal.
Tú que ahora estás tan bien condimentado que no te reconozco
te sobran condimentos pero la sal, y tú eso lo sabes,
la sal la tengo yo.

jueves, 15 de octubre de 2009

Problemas que hacen pensar

Fernando no es normal. Lo dicen mis compañeros por los pasillos. Lo dice su agenda, llena de notas para su madre. No aprovecha la clase, firma su profesora de inglés. Y es una pena, porque es de inteligencia viva. Como no para quieto, su tutor lo ha sentado en la primera fila, solo. Pero él se va a buscar una escoliosis de tanto volverse hacia sus compañeros. La profesora de lengua le ha mandado un cuadernillo de caligrafía como a los niños chicos, porque tiene muy mala letra. No tiene paciencia para escribir. Es de esos niños que no paran de jugar. Juega con todo lo que tiene a mano. Si no tiene nada, juega con el aire. Le encanta aprender, pero jugando, claro. Trae a clase acertijos. Problemas de lógica para que se los ponga a los de bachillerato, me dice. A ver si los sacan. Y le da la risa infantil y traviesa.

Me he propuesto este año aprender a dar clase a los más pequeños. Enseñarles a guardar algo de orden. Yo, que soy caótica, les elijo el color del bolígrafo para los títulos y les mando copiar los epígrafes y los recuadros amarillos. Pero Fernando no copia. Dice que los profesores mandamos copiar para que pase el tiempo de la clase. Lo dice con una franqueza que amortigua la insolencia en su argumentación. Me aporta algo que me expliquen una palabra, dice. Me aporta algo pensar un problema. Pero copiar no me aporta nada.

Fernando es bueno en casi todo. Pero tiene mala letra, como digo. Y no quiere escribir. Sabe resolver los ejercicios pero no toca el bolígrafo. Se aburre, dice, porque ya los sabe hacer. Lo castigo a quedarse después de clase hasta que termine dos problemas por lo menos, y me dice que llame a su madre, porque él hasta las seis no tiene prisa. Se rinde al final y los hace en un minuto justo antes de que cierren el pabellón. Y puedo salir del órdago con la cara alta.

Lo he castigado a no proponerme acertijos hasta que no copie los recuadros amarillos. Y no los copia, porque no le aporta nada, claro. Yo le propongo que se los aprenda y los copie con sus palabras. Eso le gusta más. Y se los aprende, porque me los explica con sus palabras, pero no los copia. Algo voy a tener que hacer para que escriba, porque no sé cuánto tiempo podré aguantarme la curiosidad. Dice que tiene un problema muy bueno. Le diré que lo quiero por escrito.

De momento, ya me tiene pensando. Porque mi objetivo con su grupo es aprender a dar clase a los más pequeños. Él me hace pensar sin proponérselo. Yo le tengo que hacer escribir. Es lo justo.

martes, 13 de octubre de 2009

¿De verdad no tengo algo mejor que hacer los martes de 18:00 a 20:00?

Para nrq, porque le he robado el título (ya que me acusas de copiar, yo copio)

Aquí y ahora, blanco sobre gris
llenan el cajón la flor y la ceniza.

Aquí y ahora, frena un autobús
suena el despertador en el dorso de la mano,
se marchitan las horas del reloj
y no hay césar que mande detenerse el tiempo.

Las sillas quietas en su papel
negras en el rincón. Apiladas.
Negro sobre blanco.
Blanco sobre gris aquí y ahora.
__________________________________________________
Puzzle de lugares y sabores en torno a ahora

domingo, 11 de octubre de 2009

La misma habitación, con otros muebles

He ido a ver a los Celtas Cortos, o debería decir los Celtas Cortísimos, porque el concierto terminó precipitadamente. Tantos chicos, tan jóvenes, saltando en el escenario sin parar tuvieron la culpa. Ellos o un escenario montado con una estructura endeble. Ellos o los tipos más fornidos de la organización, que no aguantaron más de dos canciones apuntalándolo para que no se desmoronase debajo de los músicos.

Algo así le escribía el 13 de septiembre (o alrededores) del 92. La primera de un grueso fajo de cartas en todos esos años. De aquellas que dijo que arrojaría al fuego. Las he imaginado muchas veces, escritas buscando las palabras, porque me gustaba escribir, consumidas sin llama en las ascuas de la chimenea, levantando pavesas negras.

Guardé la entrada un tiempo, porque dijeron que volverían, los Celtas. Que nos compensarían por aquel fiasco. Y yo la guardé donde guardaba el primer billete de avión, aquellas cosas. No recuerdo bien dónde. En mi cuarto. Escrituras e hipoteca de por medio, mi habitación de entonces vuelve a ser ahora mi habitación, pero con otros muebles. Después de tanta mudanza de la entrada de los Celtas, del billete de avión, de aquellas cosas ya no supe más. Y ellos se consumieron como auténticos celtas cortos, como mis cartas, dejando al principio el humo y el olor, luego ya nada.

No supe que Cifuentes había dejado el grupo ni que había vuelto después, ni que siguen tocando. No tararée ni un estribillo en diecisiete años, hasta ayer. Ayer yo no iba al concierto de los Celtas. Fue una carambola. Nos costó encontrar el lugar y ya habían empezado hacía más de veinte minutos. Empezar a escucharlos no fue repetir el 13 de septiembre del 92, fue continuar el concierto. Superar el paréntesis y encontrar lo que me mueve adelante, atrás y hacia los lados. Dice Kaos que no suenan igual ahora, dice que Cifuentes desafina. Ha perdido la voz que tenía entonces, dice. Se han perdido mis cartas también. También yo tengo un timbre cazallero. Pero sigo con mis sueños. Y esta vez los voy a soñar hasta el final.

martes, 6 de octubre de 2009

La falta de costumbre

El cansancio y los gritos en falsete
no rompen la garganta ni la voz
no se escuchan, porque son de trapo
porque son los gritos que no dimos
los gritos que no di
los que me gustaría haber dado

Ahora sé a quién gritar
sé hacia dónde
y grito contra pero no me nace
grito a, grito hacia y no se oye
y paro, porque fatiga la voz y la cabeza
andarse gritando para nada

saber que no convence
saber que no juega el grito su papel.

Ya termina el tiempo de gritar
y ahora empieza el tiempo de decir
yo tomaría la palabra, si me dejan
pero ahora, ahora sí,
se me quiebran la voz y la garganta.

domingo, 4 de octubre de 2009

Lo siento, pero no nos queda fruta

Para A, en su cumpleaños

Después de agitarla bruscamente
introduces la mano en la bolsa de piel
y extraes primero la nariz, luego los ojos
los labios, los nudillos, un pulmón

y no hay un gesto de dolor
ni un grito por mi parte.

Me desgranas por piezas
los dientes, las uñas, el fémur derecho
me esparces por la mesa y roes las esquinas,
pieza a pieza, me piensas como un bodegón
pero pronto no encajaré en el cesto

pronto se revuelve la piel contra los dientes
pronto ruedan los huesos y se van anudando con las tripas.
Te sorprende que no pidan permiso
te sorprende porque fuiste tú
quien les dio forma,
quien royó las piezas
quien dispuso cada una en un lugar.

Ahora, tú quieto
deja que me retuerza
déjame escribir mis propias cicatrices

ni una queja, te digo
ni un gesto de pavor
ni un grito por tu parte

no te equivoques al tomar el pincel
aunque me descompongas a tu antojo
no soy, no he sido, no seré
una naturaleza muerta.