miércoles, 30 de abril de 2008

Mi juego

Me suelen tocar buenas cartas, pero no juego bien al mus. Juego a la sorpresa, al despiste. Al comienzo de la partida miro interrogante a mi compañero. Dice sólo: tu juego. A partir de ahí, tomo las riendas yo.

En principio, por sistema, juego a lo contrario. Si tengo blanco, digo que tengo negro. Envido a grande cuando no llevo ni perete. Pero con cuatro reyes me muestro apática: dejo pasar la grande y digo que hice pares como si fueran dos pitos. Es una estrategia simple. Juego al revés. Todos aprenden pronto a qué atenerse. Según avanza la partida, mi táctica empieza a ser aleatoria. Puedo pedir cartas, decir que estoy servida, pasar, jugármela a órdago teniendo con qué o sin tener. Juego sin estrategia alguna.

El caos desconcierta a los rivales. También a mi compañero. Yo no hago ni una seña. Casi nunca ganamos.

Mi compañero es buen jugador y no le gusta perder. También es buen amigo. Me recuerda algunas bazas impecables, dice que voy mejorando sin perder la frescura, que pronto vamos a pelar bien a esos pollos. Los pollos se ríen a carcajadas a dos metros de nosotros por los puntos que cobraron regalados las veces que corté mus sin llevar. Yo bebo mi cerveza ajena a todo. Muestro un interés súbito y ficticio por la tele, aunque el partido esté en el descanso. Intento poner letra al soniquete de las tragaperras con la mirada perdida.

Si tengo que elegir entre ganar y perder, prefiero ganar. Pero no juego a ganar. Juego al despiste. Y hoy, otra vez, los he despistado. Estoy convencida de que es por eso que ellos le encuentran aliciente a la partida del miércoles, porque logro sorprenderlos. Me siento satisfecha de mi actuación, pero no lo muestro por no delatarme. He sido una caricatura perfecta de la jugadora de mus.

Sospecho que no entienden mi juego, y que se hacen una imagen distorsionada de mí, pero no me pregunto cuál. Esa pregunta sería cruel y, al fin y al cabo, esto sólo es un juego.

martes, 29 de abril de 2008

El diablo os lleve


A este lado de la ventana está el milagro
el principio, remediable si esperamos
te quedarías con este vacío desconocido
de techo naranja, copa de vino
tiniebla de cálculos y sillas negras.

Tú vienes pero yo no lo sé, tu mano espera,
mis ojos ávidos se sueltan de tu cuello.
A este lado está el milagro. Tú me dices que sí.
Escucho tu canción. Desconfía de mí -dices.
Yo no desconfío.

No me sorprende perder, a este lado
de la ventana
mi patio, tu sombra por la puerta, la sábana blanca
cuando nunca desapareció.

Te miro. Eres un demonio.
Te rechazo y maldices el horror.

Bárbara grita una blasfemia al oírnos.
De la cordura -reniega-
os lleve el diablo.

Sube el ascensor. Le aburre que anochezca a destiempo
y que las aceras desaparezcan de su sitio y la traigan desbocadas al destierro.
El vino escasea en la trastienda, se explica por qué.

El fuego, desde el sumidero, llama.
El diablo escucha su blasfemia.
Su muerte cambia atormentada al rojo
pruebas de incredulidad, de horror y de cordura.

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Duenda le dio la vuelta al poema El día siguiente, y me encantó la idea. Yo misma le doy la vuelta aquí a Nos libre Dios, y este es el resultado.

domingo, 20 de abril de 2008

Nos libre Dios



Al otro lado de la puerta está el horror,
el final, irremediable si cruzamos.
No cambiarías este mundo conocido
de alfombra verde, vaso de leche,
lámpara de lectura y sofá beige.

Yo voy y tú lo sabes, desolación en tu mirada,
tus dedos desahuciados se agarran a mi brazo.
Al otro lado está el horror, yo te digo que no.
No atiendo ruegos. Confía en mí, te digo. Y tú confías.

Te sorprende encontrar al rebasar la puerta
tu habitación, la luz por la ventana, la colcha azul
donde siempre estuvo.

Me miras. Soy un ángel o una diosa.
Me abrazas y celebras el milagro.

Elena murmura una oración al vernos.
De la demencia -se persigna-
nos libre Dios.

Baja las escaleras. No le sorprende que amanezca a su hora,
ni que las calles estén en su sitio y la lleven dóciles a casa.
El pan está en la tienda, no se pregunta cómo.
El agua, desde el grifo, gotea.

Dios escucha su oración.
Su vida sigue apaciblemente gris
sin atisbo de fe, de milagro o demencia.

lunes, 14 de abril de 2008

El día siguiente

Estás cansado aún y ya amanece
y te abrazas a la mesa todavía.

De la cena de anoche quedan sólo
gotas de vino, resaca, migas de pan
y ganas de café. Queda el reflejo del vino
en el cristal, el eco
de la luz y las palabras.
Y el recuerdo borroso
de las manos. Y la huella clara de los dedos
que, distraídos, trazaban ondas
en la tela.

Te estremece, antes del desayuno
la sacudida. Las migas vuelan
y en el tambor, después de muchas vueltas
pierdes esa memoria
efímera
de las manchas
y te estiras al sol.

jueves, 10 de abril de 2008

Descubrir el Mediterráneo


Dice Raúl que no se puede descubrir el Mediterráneo todos los días. Lo dice casi cada lunes, y tiene razón. Salir a descubrir el mar desde el mismo punto del interior, partiendo de cero, es un esfuerzo demasiado grande. Demasiado inútil. Devastador.

El sentido de la orientación, la carta de marear y el cuaderno de viaje son importantes para llegar al destino. También la tripulación. Buscar un puerto, aunque no sea definitivo, es fundamental. Me contento, casi siempre, con viajar. Con el vaivén de las olas. Con sacar el brazo por la ventanilla del coche y buscar una posición aerodinámica o cortar el viento. Basta el asiento de ventanilla en el tren. Cuántas veces, al llegar a Atocha he mirado el panel de salidas tentada de subirme al próximo, donde quiera que vaya, y seguir la vida por ahí.

Improvisar y no escatimar en nada. Gastarme cada día. Tirarme a las piscinas. Nadarlas todas. Órdago a grande y a chica y a pares y a juego, sin rumbo. Un esfuerzo demasiado grande. Demasiado inútil. Pasa factura.

Necesitaba huir a donde fuera. Existía, como en el libro de Michel Houellebecq, la posibilidad de una isla. Una tripulación excelente y una isla pequeña me han hecho fácil encontrar el levante y el poniente. Y el privilegio de las mariposas y los lagartos, y el derroche de luz y de color que obedece a las leyes físicas.Ignoro si persigue algún propósito, pero la belleza pura, de contener el aliento. es el resultado, haya una razón o no. Es lo que queda impreso, más que en las fotos, en la memoria de la retina. Ha sido descubrir el Mediterráneo todos los días varias veces.

En cuanto a la orientación, me queda ir buscando el norte, cada día. El sur me lo reservo para las grandes ocasiones.

Me pierdo un poco en los puntos cardinales. Raúl sospecha mis descubrimientos del Mediterráneo muchas veces. Lo sabe por mis palabras, por el tono de voz, por la sonrisa abierta. No es posible descubrirlo cada día, me lo dice sin intención de convencer ni de desanimar. Más bien me señala el estante de los atlas, porque sabiendo dónde cae, aunque no se descubra cada día, no es difícil encontrarlo.

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Pedazo de chapa, lo sé. Pero llevaba demasiado sin escribir, y de los viajes vuelven las maletas llenas de ropa sucia y de intenciones. Y por todas partes se siguen viendo mariposas.