sábado, 22 de septiembre de 2007

Negativa incondicional


Podría darte el corazón.

Manos expertas
encontrarían el hueco
en tu caja torácica.

Soldarían tus arterias
a mis aurículas.
Eureka. Tus venas latirían
sin saber
del deseo náufrago
en mi sangre derrotada.

Del deseo muerto
como yo.
(Yo estaría muerta).

No podrías resucitarme.

En examen exhaustivo
encontraría el ojo experto
el vacío, el hueco solo
en tu caja torácica.

Y yo, quieta y lívida.

No.
No te lo daré.
No mientras viva.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Un viaje dormido


Sin protección extrema, sin mar y sin aviso, el sol templó mi hombro ayer a mediodía. Sin nostalgia ni avión, me llevó a Faro, con fachadas raídas y calles solas entre semana. Me devolvió el gusto a bacalhau de pizzería y aquellas infidelidades deliciosas. Me llevó a las vías junto al mar con las artes de pesca y los aviones a ras del agua.

También me llevó a Silves y me vistió (con apuros) de terciopelo azul. Me dio paje y caballero, y una flor anacrónica llegada del futuro. Escuché de nuevo cuentos que no comprendí. La conversión de euros a xilbs fue fácil, y me entendí bien con un pollo, aunque no me lo comí.

Un tumulto de músicas y luz me llevó a bailar, y me sentí pequeña alguna noche.



En Cabo San Vicente el viento quiso hacer volar sombreros y vestidos. Por alguna razón, no entiendo cuál, no le dejamos. El mar se quedó roto entre las rocas.

En Lagos hubo veletas imposibles. Me dolió aguantar la sonrisa. Me hizo daño en la cara. Recordé que no es cuestión de entrenamiento. Que los amigos hacen reír sin esfuerzo físico, aunque sea entre lágrimas. Ellos me lo recordaron.

Sin sol y sin zapatos, corrí hacia el mar arropada de noche y de estrellas, como una loca descalza.

Lo desgloso ahora aquí, pero pasó en tres segundos, cuando el sol besó mi hombro ayer. Mientras él, delicado, me bajaba el tirante y despertaba mi viaje le obsequié una de mis mejores sonrisas del verano. Mejor haberla visto.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

La soledad entera se desnuda en tus ojos,
muchacha interminable de carne y amargura;
juraría que un muerto detenido te anida
y te cruza la sangre y, en la sangre, anochece.

Porque eres silenciosa y no tienes ni madre
y tus pechos sólo sirven para hacerme llorar;
porque yo soy de sombra y de distancia, el viento
sobre ti deposita un aroma de hombre.

Grandes besos amargos se mueren en mi boca;
no nacen a tus labios, enemiga nocturna.
Ahora es de noche y sufro. Te escribo oscuramente
la rabia enamorada que me late en los brazos.

Antonio Gamoneda, 1949

de Edad (Poesía 1947-1986) 6ª edición revisada. Ed. Cátedra.