martes, 17 de julio de 2007

Días laborables

La televisión anestesia los números con voz neutra.
Desayuno con los ojos del dolor
mirándome a los ojos.
Aparto la mirada y bebo mi café.
Juegas con el azucarillo en la cuchara
y el café se ahoga en el cubo de azúcar.

Buscamos la tira ácida en el periódico.
El dibujante piensa lo mismo que yo. Lo que tú.
El editorial desarrolla la idea del dibujante.
Mi idea, nuestra idea. Libre.
Una pareja, dos votos.

Te marchas ya. Empiezas antes.

En el espejo se afeita un desconocido.
Se ajusta el cuello de la camisa.
Se ajusta el nudo de la corbata.
Sello el visado para que cruce el torniquete
hasta una oficina enmoquetada
en un edificio enmoquetado
de quince plantas.
A una hora y diecisiete de camino.

De forma inexplicable, el tipo encuentra su cubículo.
Sabe la combinación de cables, las cuatro contraseñas.
Aplica los protocolos,
resuelve las incidencias,
depura errores de programación.

Es una pieza del engranaje
en el cubículo de la oficina
del edificio de quince plantas
de la compañía.

Alguien levanta la persiana. Buenos días.
Buenos días.
Ya no fuma y toma un café de máquina. Amargo.
Más protocolos, más incidencias, más errores.

Suena el teléfono. Ella. ¿Todo bien, cariño? Todo bien.

Y es hora de comer.

Y luego aplica, resuelve y depura.
Y lleva una mancha de salsa en la corbata.
Y aplica y maldice y resuelve y depura y reniega.
Sale dos horas después de la hora
en el límite donde el pecho oprime
y se pierde la cordialidad.

Una hora y diecisiete minutos más tarde cruza el torniquete.
Afloja la corbata. Respira el aire oscuro del martes.
Hay facturas en el buzón.
Se quita la corbata y tira la chaqueta.
Le miro en el espejo y soy yo.
Cansado, pero yo.

Las facturas las pagamos a medias, tú y yo.
Busco alguien que comparta hipoteca y otros gastos.
Soy yo quien tú buscas.

En parte (mi parte) las facturas
las paga el dinero
que paga la compañía
por estar diez horas en el cubículo
donde aplico, maldigo, resuelvo, depuro y reniego.

Tu parte
la paga el dinero
que paga otra compañía
porque tú maldigas y reniegues
entre otras cosas.

Busco una cena caliente. Tú también.
Hacemos unas pizzas.
¿Qué tal el día? -Bien.
¿Y tú?-Bien.

Busco unas vacaciones. Tú las buscas.
Busco tu cuerpo tibio esta noche.
Busca tú el mío.

Y en el cansancio no oímos los números.
Ni vemos los ojos del dolor que nos miran
a los ojos desde nuestras 32 pulgadas
de pantalla plana.

El fin de semana seremos nosotros.
Hoy somos otros. Hoy es día laborable.

5 comentarios:

629 dijo...

P.S.: Dolorosas

629 dijo...

Verdades, verdades, verdades...

una vida lo que un sol dijo...

La cónica, perdóname, pero si todos los días laborables son así, vivan las fiestas!

El tedio puede existir, pero no es rutina. No se podría vivir.

La forma de las palabras, los requiebros, las repeticiones... nada sobra. Todo contribuye resaltar el contenido del poema. Felicidades. Sin embargo, con el contenido...no estoy de acuerdo.

Te contradigo 629,

mentiras, mentiras, mentiras,... no comprendo cómo se puede ser uno un viernes y otro un sábado (o un domingo si el sábado es día laborable)

Déu!

La cónica dijo...

Si no tenemos cuidado, 629, los días laborables pueden ser así de verdad. Y los festivos un espejismo. Pero si nos duelen, podemos hacer de esas verdades mentiras.

Vivan las fiestas, Una vida lo que un sol. A veces el trabajo se convierte en un trato más o menos justo por el que vendemos nuestra vida. Espero que en pocos casos. Hoy es jueves y ya he sido veinticuatro la cónicas diferentes. Besos de las veinticuatro.

629 dijo...

Una vida lo que un sol, yo tampoco comprendo como uno ha de pasar de lunes a viernes sin pena ni gloria en la riada de la rutina (y así puede llegar ser) y como al fin de semana le faltan horas para reventar de cansancio al pirata que llevamos dentro y roba risas y diversión a cada instante (que se puede dar).

Pero el asunto es que es así. Una moneda puede (debe) tener dos caras pero sigue teniendo el mismo valor. El único que tiene una moneda.

Besos. A ambas.