lunes, 17 de junio de 2019

Neo-rural


Cuando acabes la dejas fuera, dijo. Y me dejó sola. Sola, no: con la vaca. Estaba el taburete y un balde y un hedor a heno fermentado y a boñiga. Me eché a llorar escandalosamente. Grité con rabia. No iba a alarmar a los vecinos. No cabía más sonrisa acartonada, ni inventar más accidentes ni encubrir al diablo se lo lleve. Por primera vez, me vi capaz de todo. De ordeñar, de tener callos en las manos, de aprender el calendario lunar. Incluso me invadió la certeza, terrible, de ser capaz de sacrificar a cualquier animal que se me pusiera por delante.

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Otro microrrelato que no se escucha en antena... Lo mejor de este concurso es que me hace escribir.  Aquí está el formulario para participar, con la frase de comienzo: Nos apenó que no le quedara ni un recuerdo para rellenarlas No dejéis de leer los -francamente buenos- relatos ganadores 

miércoles, 12 de junio de 2019

desertar


Desertor, compañero
yo sólo quiero desertar contigo.

No sé conjugar sola el verbo éste
no sé si digo bien que yo desierto
no sé si me corriges o desiertas
no sé si se conjuga en voz activa
y solamente en noches singulares
en el instante que precede al trueno.

Yo sé soñar
pero miro adelante algunas veces
y sólo veo un surco baldío.
un camino sin huellas.
ciudades que no tienen quien las nombre
solas y desoladas

Y es que algunas noches, yo, desierto.
desierto y nada más.
y esas noches recorre mi espinazo
un frío que alimenta
la posibilidad de que se cumplan
uno por uno todos nuestros miedos.

Estamos casi fuera de peligro
-me agarro firmemente de tu mano-
si desertamos juntos.
aún no han compartido tiempo y modo
tu pánico y el mío.

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Versos antiguos. No sé por qué los escribí, pero me los he encontrado en borrador. Los subo para encontrarlos. Porque me interpelan, de otra manera, seguro, también ahora.


martes, 11 de junio de 2019

Au pair

Me llamarán para que baje a cenar en familia...  y yo no tendré hambre.


Silenciaré el móvil. Velaré porque los niños tengan las manos impolutas. La perrita vendrá a hacerme fiestas, pero no le daré de comer: son las reglas. Miraré seria si los niños intentan levantarse antes de que los mayores acaben. Pediré la sal, el pan, la servilleta y los cubiertos por favor. Muchas gracias. 


Me preocupa la reacción de mi familia cuando vuelva a casa -si es que vuelvo-  a estos modales, a esta nueva costumbre de cocer las verduras por separado y a esta necesidad de cenar, como muy tarde, a las siete y media.

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Microrrelato para el concurso de Escuela de Escritores y Cadena Ser. Esta vez, la frase que abría era: "Me llamarán para que baje a cenar en familia".

Los ganadores y las instrucciones para participar con la frase de esta semana: Cuando acabes, la dejas fuera. Máximo 100 palabras, antes del jueves 13 de junio a las 12:00, ¡participen! La semana pasada, sólo éramos 719 participantes... Pero no eligen al azar, claramente...

martes, 4 de junio de 2019

Qué ganas de aprender...

Yassin se empeñó en que la mochila del cole tuviera ruedas. Lo llevaba pidiendo desde el año pasado. Que tenga ruedas, que tenga ruedas. Su madre no puso objeción y el mismo día que se la compraron me vio subir la escalera.

¡María, María! - me gritaba con un alborozo desmedido en el rellano- ¡Espera!

Yo esperé y en dos segundos me enseñó su mochila. Le tuve que pedir que se diera la vuelta para verla, porque, en realidad, lo que me mostraba, era la pinta que tenía el mismo llevando la mochila. Era roja, con un dibujo de un ser impreciso y naranja.

Lleva todo el día paseando por la casa llevando la mochila - me decía su madre.
Yassin tiene 3 años y empieza el cole hoy. Debía haber sido ayer, pero como su grupo va a ser grande van escalonando la llegada de los niños que llegan por primera vez.

Anoche, cuando yo llegaba, estaba asomado al balcón, y me gritó como siempre hace: ¡María, María! Yo le pregunté por el cole y me enseñó la mochila, los libros y no sé qué más, porque aunque vive en el primero y la vista alcanza, hay una malla tupida en el balcón para que no se cuele entre los barrotes. Interrumpía la conversación que teníamos su madre y yo con algún ¡María, María! que sonaba a llamada ilusionada de emergencia. Entonces movía el índice en el aire primero y a lo largo de la barandilla después, y yo le preguntaba si estaba escribiendo. ¡Sí! -  me decía. Y también ¡María, María! Me voy. Tengo que hacer deberes. En la vida he visto a alguien tan ilusionado por hacer deberes. Empezaba a contarme historias inventadas, de esas en las que siempre aparecen sus hermanos, el coche y el cole y el profe, y yo le dije que cuando supiera escribir, podría poner sus historias en el papel. Me dijo que iba a inventar una historia y empezó a hablar en un lenguaje ininteligible para mí. Enseguida me di cuenta de que no era árabe. Me explicaron que cuando le dicen que invente una historia la inventa, sí, pero inventa también las palabras. No salía yo de mi asombro cuando volvió a llamarme ¡María, María, mira! Y se plantó señalando a un sitio muy concreto con el dedo. Yo pensé que iba a sacar a alguien a la pizarra. ¡No! - me dijo. Y su madre me tuvo que dar la respuesta, esta vez no la encontraba yo sola.

Señalaba la calle que hay que tomar para llegar al colegio.

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Entrada en un cajón varios años: creo que Yassin va a empezar la Secundaria el año que viene...

El factor humano


D2 es una máquina.


Responde a las preguntas de álgebra como una máquina. Se enreda, se atasca en un bucle de algoritmos y después sale, triunfante: el trofeo del resultado, en la mano, el camino para llegar al final, robóticamente absurdo en el diseño, imperfecto en los detalles, inexpugnable en el resultado. Ha llegado como llegaban los lemmings del videojuego aquel a la salida: sin poder ver. Sólo se deja sin hacer el sistema de inecuaciones lineales con dos incógnitas, el que mejor salía en clase.


Por lo general, es nombrar el arma homicida y obtener confesión y disculpas de inmediato. D1 ni siquiera copió lo bastante para aprobar. En su examen se adivina el arrepentimiento a medio camino. D3 ha confesado en clase, cuando yo comentaba la jugada: A mí, me suspendes y ya está. Pero D2 ha mandado un mensaje a su madre para reforzar su versión y ella se ha plantado en la puerta del colegio a la hora de la salida: Lo ha hecho él solo. Ha mejorado mucho, dice.


Echo de menos el factor humano, la sencillez, el razonamiento. Él también los echa de menos. Revisa su examen conmigo y con su madre y no sabe explicarme el porqué de sus pasos. Han pasado dos semanas desde que lo hicimos, dice. Puedo hablar con su profesora de repaso, dice. Llevan muchas horas repasando y mucho dinero empleado. Conmigo no se entera bien. (Lógico, conmigo estira el brazo sobre la mesa y apoya la cabeza. Cierra los ojos dulcemente. Cuando le llamo, los abre. Se disculpa a veces). Le he dado dos semanas para mostrarme su taco de ejercicios con razonamientos parecidos. Para explicarme el proceso, robóticamente absurdo, que ha seguido, y el final feliz a pesar de los fallos intermedios.


Yo tengo una explicación, le digo: se llama Photomath. No me lo he instalado nunca porque no me ha dado la gana, aclaro. Él tampoco se lo ha instalado nunca.

Necesito encontrar para D2 una salida digna. Y no tomarme estas cosas por lo personal. Que luego me duele el estómago y soy difícil de trato.


Por lo pronto D2 ha conseguido que, al llegar a casa, me instale el Photomath. D2 y Photomath razonan de forma idéntica. Me siento como Sarah viendo a su hijo John confraternizar con el terminator. Es increíble la cantidad de vueltas que da Photomath para resolver ecuaciones de segundo grado. Las mismas que D2, salvo algún error en el output de D2. Photomath me explica por qué D2 dejó un ejercicio en blanco. Al escanear el sistema de dos inecuaciones con dos incógnitas, en lugar de la solución, Photomath devuelve un comentario: “Aún no podemos solucionar este problema, pero ¡pronto podremos!” Hay que aclararle a la madre de D2 que está perdiendo dinero: Photomath es gratis.

lunes, 3 de junio de 2019

Me queda un regusto amargo en la boca

TRADICIONAL Y HOLÍSTICO.

Me queda un regusto amargo en la boca, doctor, resulta insoportable.
Siguiendo sus consejos apagué la radio y me alimenté sólo de patatas, pero me sabían a ceniza. Saboreaba sus palabras, doctor, las masticaba lentamente. Leía banalidades pero la hiel lo invadía todo".
“Visualice un refugio, un viaje por hacer”, sugirió sonriendo en nuestra última cita. "La autosugestión mejora los efectos de los antiácidos."
No sé si volveré a verlo. Tengo esa incertidumbre y escucho otra vez la radio, pero se ha disipado el amargor. Me repito – y funciona – mañana y noche, tomando el Omeprazol: “ En los viajes por hacer está tu boca. Tu boca, cuanto antes”.


LETRAS CONTRA EL INSOMNIO

“Me queda un regusto amargo en la boca cuando la beso. Los labios y la lengua siempre frescos. Los besos lentos, largos, lentos. Mi lengua, en comparación, es un caracol denso, caliente y pesado.”
Lucía dio las gracias al último paciente. Tenía ya suficiente material y dos títulos en la cabeza.
“Recuerdos sensoriales ligados a emociones en pacientes despertados del coma: posibilidades de actuación clínica” para la tesis.
“Los recuerdos dormidos nos despiertan” no titularía el best-seller mundial que no escribiría por respeto, sino los cuentos y poemas con los que adormecer los recuerdos de quienes regresaron del sueño: harían posible la digestión del trabajo de campo.

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Microrrelatos sin premio: Los mandé a los relatos encadenados de la SER y Escuela de escritores.


viernes, 3 de mayo de 2019

Octubre

Cada mañana me envuelvo en un abrigo
que cada día muda su color.
Camino decidida, paso firme.
Las zarzas no me tocan.

La niebla, a veces, se enreda en mi cabello
se disipa después, no sé ni cuándo.
No sé ni para qué, no sé ni cómo.
No he visto el sol.

Cada tarde tomo entre mis manos
un pincel que puede ser cualquiera
y baila pinceladas en el aire
tiñendo las ventanas amarillas
para que en casa no entre
la noche negra.

La soledad no está ni de camino..
Me acompañan, en un quinto con vistas
todo exterior, calefacción central,
tu sombra, tu calor y tu cordura.